viernes, 16 de junio de 2017

La ingloriosa batalla de Carabobo



         La próxima semana se celebrará el aniversario de la batalla de Carabobo. En sus destellos de megalomanía, Hugo Chávez se obsesionó con el año 2021. Según él, habría celebraciones majestuosas, para conmemorar los doscientos años de aquella confrontación militar. En aquellos primeros años de la autoproclamada “revolución bolivariana”, muchos comentaristas vieron en esa obsesión de Chávez una excentricidad (otra entre tantas), y nadie contemplaba seriamente que el Comandante y sus secuaces durarían tanto tiempo. El dueño del circo murió, pero los payasos continúan la función; no hay nada asegurado, pero queda la posibilidad de que, en efecto, el chavismo llegue al 2021 y cumpla su promesa de montar aún otro show mediático patriotero conmemorando el bicentenario de la batalla de Carabobo.
            En más de una ocasión se ha comentado que una de las grandes desgracias de Venezuela es que abundan estatuas a militares, pero es difícil encontrar monumentos a intelectuales. La conmemoración de la batalla de Carabobo es más de lo mismo. Se conmemora la carnicería de más o menos tres mil personas. Las confrontaciones en las guerras de independencia en América fueron más escaramuzas que verdaderas batallas (nada comparable a Waterloo), pero con todo, fueron muy sangrientas.

            No está mal conmemorar una batalla. El problema, no obstante, es la forma tan miserable en que el patrioterismo venezolano lo hace. El monumento a la batalla de Carabobo recuerda un poco al Valle de los Caídos (el controvertido monumento construido por Franco), en el sentido de que sólo lamenta las muertes de un bando, y no rinde honores a las muertes del otro. La verdad histórica es que los ejércitos realistas estaban conformados por reclutas peninsulares que no tenían ningún interés en venir a América a luchar por un rey que ya empezaban a despreciar. De hecho, un año antes de la batalla de Carabobo, la expedición del general Riego nunca llegó a América, precisamente porque los soldados en Cádiz se amotinaron contra Fernando VII. Los españoles que murieron en Carabobo fueron tan víctimas del absolutismo como lo fue el Negro Primero, quien también murió en Carabobo.
            Pero, hay un motivo adicional por el cual la conmemoración de la batalla de Carabobo es lamentable. Esa batalla se ganó empleando la maldita “viveza criolla” que tanto ha perjudicado a Venezuela desde entonces. Unos años antes, en su Campaña Admirable hacia Caracas, Simón Bolívar inauguró una campaña de terror psicológico, al decretar la guerra a muerte a todo aquel español que fuese indiferente a la causa patriota. En realidad, resultó ser más amenaza que verdadero terror, aunque, de vez en cuando, Bolívar sí ordenó atrocidades, como por ejemplo, la ejecución de los prisioneros de guerra en La Guaira, en 1814. El lado realista, con bestias como Monteverde, y luego Boves, fue igualmente salvaje.
            Pero, la llegada a Venezuela de Pablo Morillo, un general con verdadera formación militar, cambió las cosas. Morillo, un veterano de las guerras napoleónicas, se encargó de disciplinar y tratar de otorgar un poco de profesionalismo a las tropas realistas. La guerra, al menos parcialmente, se humanizó un poco más. En vista del motín de Riego, Morillo comprendió que España tenía que llegar a algún acuerdo con los rebeldes, y extendió la mano a Bolívar. Se reunieron en Santa Ana de Trujillo, firmaron un armisticio, y acordaron respetar las reglas de la guerra. Afortunadamente, sí hay en Santa Ana de Trujillo un monumento a Morillo, pero los venezolanos son muy mezquinos en reconocer la buena disposición del español, y su importante labor en humanizar la guerra.
            Ese armisticio resultó ser una farsa. Maracaibo, hasta ese momento realista, se sublevó contra el rey, y el bando patriota aprovechó la ocasión para reactivar la contienda, aun si, supuestamente, el armisticio debía seguir vigente bajo los términos del acuerdo. El encargado de aquella canallada fue Rafael Urdaneta (otro de los dioses en el panteón patriotero venezolano), quien ocupó la ciudad y depuso al gobernador realista. Las hostilidades se reactivaron, y así, realistas y patriotas se enfrentaron en Carabobo el 21 de junio de 1821.
            La conmemoración de la batalla de Carabobo es, pues, un culto al deshonor y la “viveza criolla”. Es un homenaje a la despreocupación por cumplir reglas, y siempre salir ganando con las artimañas propias del Tío Conejo. Es el elogio de ruanes que se sientan a dialogar, pero que de antemano están planificando romper los términos de lo acordado. Es la celebración de la misma actitud vil de las FARC cuando se les invita a sentarse en una mesa de negociación, se les entrega un municipio como San Vicente del Caguán, y al poco tiempo, aprovechan esa concesión para seguir matando y romper los acuerdos de la tregua.
            Esto es especialmente relevante en la Venezuela actual. Una y otra vez, Nicolás Maduro invita a un supuesto diálogo a sus opositores, y una y otra vez, se burla de ese diálogo al romper los términos de lo acordado. Los opositores al chavismo en Venezuela insisten en que Maduro no es un verdadero bolivariano. Pero, están equivocados. Maduro hace lo mismo que Bolívar hizo en 1821: firmar un acuerdo de tregua, sólo para cínicamente violarlo poco tiempo después.

2 comentarios:

  1. Hola me apenas he.leido un par de articulos.en tu.blog.y mira que.me han.gustado.bastante. el articulo sobre delcy.rodriguez y la supremacia blanca me ha.interesado.mucho, pero quiero saber si tienes.algun sustento bibliografico o de que forma llegas a tales observaciones.
    Saludos desde ciudad de México.

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    1. Gracias. Estuve en el DF hace unos años. Me gustó mucho. En torno a la batalla de Carabobo, hay muchos libros. La biografía de Bolívar, escrita por John Lynch, la explica bastante bien.

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