viernes, 6 de diciembre de 2013

"Pasaje a la India" y el caso de O.J. Simpson



            En preparación para un viaje a la India que tengo planificado próximamente, he estado familiarizándome con la cultura de esa complejísima civilización, a través de libros y películas. Recientemente he leído  Pasaje a la India de E.M. Forster (y también he visto la versión cinematográfica de David Lean).

            En muchos otros lugares, yo he defendido varios aspectos del imperialismo británico, especialmente su presencia en la India. Personajes como Macaulay y Rudiyard Kipling son frecuentemente vapuleados por los críticos post-coloniales, pero yo insisto en que la ideología de misión civilizadora, de la cual ellos participaron, es al menos conceptualmente loable. Con todo, eso no me impide apreciar que el imperialismo tiene un lado tremendamente perverso, y Forster adecuadamente lo retrata en su novela (a pesar de que el mismo Forster fue incapaz de escapar a muchos prejuicios orientalistas que forman parte de la ideología colonialista).
            Pasaje a la India narra la historia de Aziz, un médico indio durante el dominio británico en la India. Aziz es carismático, pero impulsivo y muchas veces irracional. Aziz tiene el deseo de estrechar relaciones entre indios y británicos, y en un arrebato, se ofrece como jefe de una expedición para llevar a dos mujeres británicas a unas cuevas. Ahí, una de las mujeres se descompone mentalmente, y acusa a Aziz de intentar violarla. Aziz es detenido por las autoridades. Su defensa se convierte en una causa política: la minoría británica insiste en su culpabilidad, la mayoría india insiste en su inocencia. Esto conduce a enormes tensiones étnicas entre los dos grupos, en las décadas previas a la independencia de la India. Al final, Adela (la mujer supuestamente violada), se retracta de la acusación, y Aziz es dejado en libertad. Aziz se convierte en un héroe para las masas indias, mientras que Adela es vista como una traidora por los británicos. Después de esa experiencia, Aziz atraviesa una profunda transformación, y su esperanza de que los indios y los británicos puedan ser amigos, se desborona.
            A medida que leía la novela y veía la película, no pude evitar pensar en O.J. Simpson. Simpson, un negro norteamericano, fue acusado de haber abusado sexualmente, y luego asesinado, a su esposa blanca, Nicole. Aquel juicio fue motivo de una enorme tensión racial en EE.UU., y yo lo viví de cerca en mi adolescencia, cuando vivía en el estado de Michigan con mi familia. Los negros abrumadoramente apoyaban a Simpson, los blancos abrumadoramente opinaban que Simpson era culpable.
            Cuando Simpson fue declarado inocente, los negros norteamericanos celebraron aquello con gran júbilo. En aquel momento (yo era adolescente, y soy de piel blanca), a mí me costaba entender aquel espectáculo. Pero, ahora que he conocido Pasaje a la India, puedo entender mejor aquella situación. Simpson se convirtió en un héroe para los negros, por el mismo motivo que, en la novela, Aziz era un héroe para los indios. Ambos representaban una reivindicación de los oprimidos. Y, tanto en el colonialismo británico, como en las relaciones raciales en EE.UU., el tema del hombre de color que viola o asesina (por motivos sexuales) a una mujer blanca, frecuentemente causó histerias, y se usó esa coyuntura para oprimir aún más.
            Pero, yo no me apresuraría a establecer demasiados paralelismos entre Simpson y Aziz. En Pasaje a la India, Aziz es un personaje que a veces comete torpezas, pero es fundamentalmente noble, y Forster nunca deja la duda respecto a la inocencia de Aziz. La acusación contra Aziz obedece claramente a los prejuicios colonialistas de la aristocracia inglesa.
No puede decirse lo mismo de Simpson. No pretendo negar que persista el racismo en EE.UU., y que el sistema judicial de ese país no escape a ello. Hace menos de un siglo, el Ku Kux Klan popularizó la idea de que los negros violaban a mujeres blancas, y esa imagen ha quedado entre mucha gente blanca en EE.UU. Apenas tres años antes de la acusación contra Simpson, en la ciudad de Los Angeles (la misma donde ocurrieron los homicidios imputados a Simpson), Rodney King (un negro) fue brutalmente golpeado por policías blancos (y éstos fueron absueltos por un jurado blanco), y eso despertó la ira de los negros en EE.UU.
Pero, la idea de que Simpson era culpable reposaba sobre bases firmes: pruebas de ADN, ausencia de coartada, antecedentes de violencia doméstica. La defensa quiso armar un alboroto por el supuesto racismo de uno de los detectives que llevó la investigación, pero francamente, esto no era suficiente. Con todo, la manipulación de la defensa funcionó para convencer a un jurado abrumadoramente negro, de que Simpson era inocente, y había sido víctima de una conspiración policial.
Con el tiempo, Simpson dio aún más señas de haber sido culpable. Ya en libertad, su conducta agresiva continuó, y hoy, está en la cárcel por incidentes violentos. Insólitamente, en su codicia, años después de su infame juicio, Simpson tenía el proyecto de escribir un libro con el título If I did it (Si lo hubiera hecho), en el cual habría explicado cómo hubiera matado a su esposa Nicole y cómo habría escondido las pruebas, en el hipotético caso de que él fuera culpable. 

Pueden quedarnos dudas razonables de que Simpson hubiera sido culpable, y en ese sentido, la decisión del jurado fue respetable. Pero, asumir, como hizo la comunidad negra en EE.UU., que Simpson era un héroe, es algo escandalosamente desafortunado. Simpson no es el personaje noble y bondadoso que Forster retrata en Aziz. Tanto Aziz como Simpson toman decisiones estúpidas, y su nivel de inteligencia es bajo. Pero, Aziz merece nuestras simpatías, y es obvio que ha sido injustamente acusado. En el caso de Simpson, no es tan obvio que él hubiera sido inocente, y en todo caso, es un personaje con una tremenda carencia de virtudes.
Los indios de la época previa a la independencia, supieron elegir a líderes que, en momentos difíciles, demostraron sus virtudes y los condujeron a la consecución de sus objetivos políticos. En cambio, los negros de EE.UU. están empeñados en ofrecer su apoyo a personajes mediocres, por el mero hecho de tratarse de figuras negras que se enfrentan al establishment blanco, sin importar si se trata o no de asesinos, o de personas de muy baja calidad moral. Líderes negros contemporáneos como Jesse Jackson y Al Sharpton continuamente manipulan y chantajean, haciendo solicitudes absurdas, y olvidándose de los verdaderos problemas que afligen a la población negra norteamericana. Ojalá puedan emular a Gandhi o Nehru, líderes que, en su momento, supieron resistir la opresión, con ejemplos de dignidad y gallardía.

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