sábado, 24 de septiembre de 2016

Trump podría tener extraños compañeros de cama en la izquierda latinoamericana

Advertencia: Ésta es una traducción mejorada de Google Translate, de un original que escribí en inglés.
En julio, durante la Convención Nacional Republicana en EE.UU., algunas imágenes extrañas circularon en internet. Algunos rubios de ojos azules, sostenían signos con la curiosa frase "Los latinos para Trump". Obviamente, algo no estaba bien con estas imágenes. A pesar de que los latinos son un grupo étnico, no una raza, y hay muchos latinos rubios con ojos azules, quienes llevaban  esos signos simplemente no se veían como el latino convencional que uno esperaría encontrar en los Estados Unidos.
Por otra parte, aunque la frase "Los latinos para Trump" no es gramaticalmente incorrecta, es una traducción demasiado literal de "Latinos por Trump". Un signo más apropiado en español sería "Los latinos con Trump", o "Latinos Por Trump". Esto planteó la sospecha de que esos supuestas latinos en realidad eran anglo sajones, haciéndose pasar como hispanos, con el fin de hacer la dudosa afirmación de que el apoyo latino hacia Trump es fuerte.

¿Por qué un votante latino apoyaría a un candidato presidencial que insulta a los inmigrantes, los acusa de ser violadores, quiere que se cumplan las deportaciones masivas, y absurdamente pretende construir un muro en la frontera con México? La opresión puede ser tan intensa, que en realidad puede conducir a un alto grado de auto-odio y la alienación. Algunos judíos apoyaron el nazismo, algunas mujeres maltratadas vuelven a sus maridos y afirman que los aman, algunos esclavos afroamericanos se pusieron del lado de sus amos blancos. Esto puede muy bien aplicarse también a parte del apoyo latino a Trump.
Tomemos, por ejemplo, el caso de Marcos Gutiérrez, fundador de “Latinos Para Trump”. En la cadena televisiva MSNBC afirmó: "Mi cultura es una cultura muy dominante, y está causando problemas. Si no se hace algo al respecto, usted va a tener camiones de tacos en cada esquina". Esto es absurdo y desafortunado. Casi se saca de una caricatura (y, de hecho, las reacciones a las desafortunadas declaraciones de Gutiérrez, han generado bastantes comentarios humorísticos y sarcásticos).
Sin embargo, la política hace extraños compañeros de cama. Y Donald Trump en realidad puede tener algunos simpatizantes (quizá secretos) entre latinos más sobrios y serios. La izquierda latinoamericana en realidad podría alinearse con él en algunas cuestiones importantes. Trump es generalmente considerado un populista de extrema derecha, casi un fascista, y eso es seguramente cierto. Pero, para los izquierdistas latinoamericanos, puede que resulte ser el mal menor, aunque por razones ideológicas obvias, no lo admitirían.
Uno de los principales programas de la izquierda latinoamericana siempre ha sido la resistencia contra el imperialismo estadounidense. Ésa fue la lucha de Sandino, Castro, Guevara, Allende y Chávez. Algunos presidentes de Estados Unidos pudieron haber sido muy progresistas en los asuntos internos, pero cuando se trataba de América Latina, básicamente todos ellos (remontándose a los tiempos de la doctrina Monroe), han considerado América Latina su propio patio trasero. Woodrow Wilson, un emblema del progresismo, no tuvo reparos en decir "voy a enseñar a las repúblicas de América del Sur a elegir a buenos presidentes". El resultado: una larga serie de intervenciones militares y políticas que violan la soberanía de naciones de América Latina. El presidente de Honduras, Manuel Zelaya fue derrocado en 2009. La entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, quizás estuvo detrás de esa operación, o por lo menos, ella no hizo lo suficiente para restituir a Zelaya, y de hecho apoyó al nuevo gobierno de facto.
Donald Trump es un tipo que continuamente cambia de opinión, y no hay que confiar en él. Sin embargo, ha mostrado algunas tendencias aislacionistas. Y, a pesar de que es extremadamente ambiguo cuando se trata de bombardear posiciones del Estado Islámico (incluidos los civiles), al parecer no tiene ninguna intención de inmiscuirse en los asuntos latinoamericanos. Parece que su interés principal es la construcción del muro, y que todos se ciñan a su lado de la frontera. Los izquierdistas latinoamericanos han esperado durante mucho tiempo el aislamiento de EE.UU., y en ese sentido, podrían ver a Trump como el mal menor.
Venezuela (la nación líder en el renacimiento de la izquierda latinoamericana en los años 90) tiene serios problemas de emigración. Pero, a diferencia de los inmigrantes de México y Centroamérica, los inmigrantes venezolanos son trabajadores altamente cualificados, procedentes de las clases medias. El gobierno izquierdista de Venezuela ha tratado desesperadamente de detener ese flujo migratorio, ya que reconoce que estos migrantes son muy necesarios. No es descabellado imaginar que Nicolás Maduro puede aspirar discretamente que Trump sea electo, ya que ello disuadiría a los migrantes venezolanos de intentar abandonar su país.
También está la cuestión de libre comercio. En 1994, el subcomandante Marcos lanzó su movimiento guerrillero zapatista, argumentando explícitamente que era una afrenta contra NAFTA. ¿Cuál candidato estadounidense apoya el NAFTA y cuál lo condena? La posición de Clinton es ambigua, pero Trump es manifiestamente claro: quiere salirse de ese tratado. ¿Podría un guerrillero de izquierda mexicana apoyar un millonario americano racista que insulta a los mexicanos? Tal vez no, pero una vez más, la política hace extraños compañeros de cama si se trata de metas compartidas.
Por último, el papel de Rusia también es relevante en este sentido. Putin y Trump no esconden su amor mutuo. La Rusia post-soviética está lejos de ser un país socialista. Pero, en la izquierda latinoamericana, Putin es visto cada vez más como una especie de hermano mayor guardián. Los líderes de izquierda de América Latina han visto en Putin la oportunidad de un mundo multipolar, y han votado en la ONU a favor de Rusia cuando se trata de la anexión de Crimea. Rusia ha ampliado su cooperación militar con Cuba, Nicaragua y Venezuela (tres países regidos por gobiernos de izquierda). Por otra parte, ningún estadounidense de izquierda de América simpatizaría con la OTAN; Trump se ha comprometido explícitamente a ignorar la OTAN si Rusia ataca a los países del Báltico, y de hecho, puede incluso promover la desintegración total de esa organización.

No siempre funciona de esa manera, pero el enemigo de mi enemigo puede ser mi amigo, y el amigo de mi amigo también puede ser mi amigo. Durante los últimos años, ha habido extrañas alianzas en los asuntos políticos de varios países: La izquierdista Syriza formó pacto con los griegos de extrema derecha; hubo cierto apoyo izquierdista para el Brexit; y Marine Le Pen podría obtener el apoyo de los comunistas franceses que quieren respaldar la laicité.
Idealmente, los izquierdistas latinoamericanos estarían mucho más cómodos con alguien como Bernie Sanders. Sin embargo, algunos de ellos podrían pensar que, en las próximas elecciones, Trump es el mal menor. ¿Estarían en lo correcto? Probablemente no. Sin embargo, muchas de sus preocupaciones son legítimas. Y, si tuvieran que adoptar una postura ética consecuencialista, entonces podrían considerar que, tal vez, es mejor el cerdo racista en vez del halcón liberal, teniendo en cuenta las cuestiones que guían sus agendas.

viernes, 23 de septiembre de 2016

¿Debería permitirse la caza de elefantes?

¿Recuerdan a Cecil? Era el león cazado por un dentista estadounidense en 2015 en Zimbabue, y su muerte causó un gran escándalo en todo el mundo. Un gran número de organizaciones conservacionistas y de derechos de animales protestaron. El presidente de Zimbabue, Robert Mugabe también se unió al coro: condenó enérgicamente a Walter Palmer (el cazador), y exigió que se le extraditara a Zimbabue para enfrentar cargos.
En ese momento, una gran cantidad de comentaristas señaló que Mugabe no estaba en posición moral de predicar a nadie. De hecho, decían los comentaristas, Mugabe aprovechó el escándalo con el fin de desviar la atención frente a las numerosas violaciones de derechos humanos en Zimbabue. En lugar de preocuparse acerca de los leones, se decía, Mugabe debería estar preocupado por los zimbabuenses.

No nos equivoquemos: Mugabe es un dictador brutal. Sin embargo, es un argumento muy falaz afirmar que, puesto que un déspota se preocupa por los animales, entonces no debemos preocuparnos por los animales. Hitler amaba a su perro y era vegetariano. ¿Debemos, entonces, odiar a los perros y condenar el vegetarianismo? La respuesta parece obvia.
Sin embargo, también sería erróneo afirmar que, puesto que Mugabe condenó el asesinato de un león del año pasado, ahora es un hipócrita por proponer permitir la caza de elefantes en Zimbabue. Tal vez los elefantes y leones son diferentes, y no hay que aplicar las mismas normas éticas. Los leones están en peligro de extinción, los elefantes no.
De hecho, los gobiernos de Zimbabwe, Namibia y Sudáfrica, han elevado recientemente una propuesta para legalizar la caza de elefantes. Su argumento es muy simple: hay suficientes elefantes en esos países (27.000 en Sudáfrica, 82.000 y 20.000 en Zimbabwe en Namibia). La caza regulada plantea ningún riesgo para las poblaciones de elefantes en esas naciones. Y, dada la creciente demanda de marfil en países como China, ésta sería una buena oportunidad para que los tres países obtengan ganancias muy necesarias.
¿Es una buena idea? Los expertos en ética de tendencia libertaria han pensado durante mucho tiempo que sí. Su argumento es el siguiente: si la caza es legalizada como un negocio, las especies estarán protegidas. Los capitalistas ven en la caza una gran oportunidad para obtener ganancias, y así, se asegurarán de que las especies no se extingan (a través de programas de cría y conservación), precisamente porque es la fuente de sus ganancias.
Al igual que con muchas ideas libertarias, ésta parece tener una lógica poderosa. Pero, también como es habitual en el libertarismo, coloca demasiada esperanza en la racionalidad económica. Los capitalistas no siempre actuarán como los libertarios esperan que lo hagan. Y, si la historia sirve de guía, es bastante obvio que la mayoría de las especies se han extinguido debido precisamente a la caza excesiva.
Sin embargo, con 82.000, la población de elefantes es bastante sólida en Zimbabue, y al menos en el corto plazo, que la especie esté en peligro de extinción no es una preocupación. Por lo tanto, ¿es éticamente aceptable legalizar la caza en ese país? No nos apresuremos. Puede haber algunas otras objeciones.
¿Por qué debemos considerar a los animales como criaturas con menos derechos? Si la película Los juegos del hambre provoca terror en nosotros, ¿no debe también resultar aterradora la caza de un elefante? El filósofo Singer ha denunciado desde hace mucho tiempo el “especismo”, a saber, la idea de que los individuos de otras especies no tienen algunos derechos (incluido el derecho a la vida). No hace mucho tiempo, se creía que las personas con piel oscura no tenían el derecho a ser libres, y por lo tanto podían ser esclavizados. Ahora condenamos eso como racismo. ¿No deberíamos, entonces, también condenar el especismo? A juicio de Singer, el especismo es tan inmoral como el racismo.
Sin embargo, Singer es también un filósofo utilitarista. Bajo el utilitarismo, si un acto genera en balance buenas consecuencias, entonces debería ser éticamente aceptable. Por lo tanto, si un mayor número de vidas humanas y animales podrían salvarse matando a un menor número de elefantes, entonces Singer se vería obligado a admitir que, sí, debemos permitir la caza de elefantes.
¿Podría ser éste el caso en Zimbabue? Es muy dudoso. Si bien es cierto que los elefantes y los seres humanos pueden competir por algunos recursos (especialmente agua) en áreas remotas de Namibia y Zimbabue, hay muchas alternativas tecnológicas relativamente simples para satisfacer las necesidades de los seres humanos y los elefantes. Con buenos sistemas de distribución, hay suficiente agua para todos.

Y, ¿qué hay de los beneficios del tráfico de marfil? ¿No podría ayudar a alimentar a los niños hambrientos en esos países? Una vez más, no es probable. Zimbabue es un país notoriamente corrupto, y con toda seguridad, las ganancias del comercio de marfil se destinarán a las cuentas bancarias suizas de Mugabe y sus compinches.
Por otra parte, existe una gran preocupación planteada por Botsuana, un país vecino con una población de elefantes más frágil. Si la caza se permite en Sudáfrica, Namibia y Zimbabue, existe un mayor riesgo de que los cazadores eventualmente crucen la frontera con Botsuana, y pongan en peligro su población de elefantes.

En resumen: la legalización de la caza de elefantes en Zimbabue, Namibia y Sudáfrica no es una buena idea. Afortunadamente, la mayoría de las otras naciones están de acuerdo, y están endureciendo el control sobre la caza de elefantes.

Should elephant hunting be allowed?

Remember Cecil? It was the lion hunted by an American dentist in 2015 in Zimbabwe, and its death caused a major scandal worldwide. A great number of conservationist and animal rights organizations protested. Zimbabwean President Robert Mugabe also jumped on board: he energetically condemned Walter Palmer (the hunter), and demanded that he be extradited to Zimbabwe to face charges.
            At the time, a lot of commentators pointed out that Mugabe was in no position to preach about anything. In fact, so the argument went, Mugabe was capitalizing on the scandal in order to drive attention away from the numerous human rights abuses in Zimbabwe. Instead of worrying about lions, it was claimed, he should be concerned about Zimbabweans.

            Make no mistake: Mugabe is a brutal dictator. But, it is a very fallacious argument to claim that, just because a despot cares about animals, then we shouldn’t care about animals. Hitler loved his dog and he was a vegetarian. Should we, then, hate dogs and condemn vegetarianism? The answer seems obvious.
            However, it would also be fallacious to claim that, inasmuch as Mugabe condemned the killing of a lion last year, he is now a hypocrite for proposing to allow the hunting of elephants in Zimbabwe. Perhaps elephants and lions are different, and we should not apply the same ethical standards. Lions are endangered, elephants are not.
            Indeed, the governments of Zimbabwe, Namibia and South Africa, have recently advanced a proposal to legalize elephant-hunting. Their argument is quite simple: there are plenty of elephants in those countries (27,000 in South Africa, 82,000 in Zimbabwe and 20,000 in Namibia). Regulated hunting poses no risk whatsoever to elephant populations in those nations. And, given the increasing demand for ivory in countries such as China, this would be a good opportunity for those three countries to make much-needed profits.
            Is it a good idea? Ethicists of a libertarian bent have long thought so. Their argument is as follows: if hunting is legalized as a business, species will be protected. Capitalists will see in hunting a great profit opportunity, and they will make sure the species never go extinct (by providing breeding and conservation programs), precisely because it is the source of their profit.
            As with many libertarian ideas, this one seems to have a powerful logic. But, also as usual in libertarianism, it places too much hope on economic rationality. Capitalists will not always act as libertarians expect them to. And, if history is any guide, it is quite obvious that most species have gone extinct precisely because of overhunting.
            Nevertheless, with 82.000, the elephant population is quite strong in Zimbabwe, and at least in the short term, endangering the species is not a concern. So, is it ethically acceptable to legalize hunting in that country? Not so fast. There may be some other objections.
            Why should we consider animals as creatures with lesser rights? If The Hunger Games causes horror in us, shouldn’t elephant-hunting be as terrifying? Ethicist Peter Singer has long denounced speciesism, the idea that individuals of other species do not have some rights (including the right to live). Not long ago, it was believed that people with dark skin color didn’t have the right to be free, and could thus be enslaved. We now condemn that as racism. Shouldn’t we, then, also condemn speciesism? In Singer’s view, speciesism is as immoral as racism.
            But, Singer is also a utilitarian philosopher. Under utilitarianism, if an act generates a balance of good consequences, then it should be ethically acceptable. Thus, if a greater number of human and animal lives could be saved by killing a lesser number of elephants, then Singer would be forced to admit that, yes, killing the elephants is the right thing to do.

            Is that the case in Zimbabwe? It is very doubtful. While it is true that elephants and humans may compete for resources (especially water) in remote areas of Namibia and Zimbabwe, there may be plenty of relatively simple technological alternatives to satisfy both humans and elephants’ needs. With good distribution systems, there is plenty of water for all.
            What about profits from the ivory trade? Wouldn’t that help in feeding hungry children in those countries? Again, it’s not likely. Zimbabwe is a notoriously corrupt country, and in all likelihood, the spoils of the ivory trade will go to the Swiss bank accounts of Mugabe and his cronies.
            Furthermore, there is a major concern raised by Botswana, a neighboring country with a more fragile elephant population. If hunting were to be allowed in South Africa, Namibia and Zimbabwe, there is an increased risk that hunters will eventually cross the border into Botswana, and they will endanger its elephant population.
            In short: legalizing elephant hunting in Zimbabwe, Namibia and South Africa is not a good idea. Fortunately, most other nations agree, and they are toughening the grip on elephant hunting.       

domingo, 4 de septiembre de 2016

Un maracucho en las Islas Marshall VIII

Cuando me planteé venir a las Islas Marshall, el acceso al internet sería un aspecto fundamental. Puedo ir al culo del mundo, pero si hay buen wifi para poder hablar con mi familia a diario, el resto es pan comido. Cuando hablé con los amigos marshaleses desde Maracaibo, ellos me aseguraron que el internet sería bueno, porque está basado en fibra óptica. Acostumbrado a la mierda que es el internet venezolano, yo estaba brincando de la alegría con esa noticia.
Además, me agregó el marshalés, cuando en la isla se va la electricidad, el internet se mantiene. En aquel momento, los maracuchos estábamos atravesando cuatro horas de racionamiento eléctrico diario, y yo había pensado en mi estadía en las Marshall como una forma de descansar de semejantes suplicios. Pero, al escuchar que en las Islas Marshall también hay cortes eléctricos, ya no estaba tan contento. A decir verdad, sólo he vivido un pestañazo muy breve de electricidad durante mi estadía en Majuro. Que yo sepa, los marshaleses no culpan a ninguna iguana o a la CIA por esos infortunios, a diferencia de los chavistas.

Mi primera semana en Majuro, me levantaba muy temprano en la mañana y caminaba tres kilómetros para estar en la zona del wifi, y hablar con mi esposa, mis hijas y mis padres. Hay la posibilidad de instalar internet en las casas, pero es carísimo. Los maracuchos hablamos pestes de ABA y CANTV, pero francamente, no tenemos mucho derecho a quejarnos, pues con el enorme subsidio que reciben esos servicios, se trata prácticamente de un regalo. Con todo, yo prefiero disfrutar de un buen servicio caro, que recibir regalado una porquería. Me gusta más el capitalismo que el comunismo.
Estando en las Islas Marshall, he venido a comprender mucho mejor la necesidad del apego en las relaciones humanas, y por qué estoy dispuesto a caminar varios kilómetros diariamente para buscar señal wifi. Esa comprensión no sólo viene del hecho de que, ahora que estoy solo, necesito el contacto, sino también de mi experiencia académica en Majuro. Me han asignado enseñar un curso de psicología. Mi mamá es psicólogo clínica, y a ella se le metió en la cabeza la idea de que yo también ejerciera su profesión (hasta cierto punto, su verdadera obsesión era que alguien utilizara su consultorio). Pero, a la vez, mi misma madre me ha dicho que yo tengo rasgos esquizoides (es inevitable para un psicólogo clínico ofrecer diagnósticos cuando nadie se los ha pedido), de forma tal que, francamente, no creo que pueda triunfar en una profesión en la que hay que ser el paño de lágrimas de los demás. Suficiente tengo con mis problemas como para estar escuchando los de los demás. Soy cerrero, y ya estoy muy viejo para cambiar.
Más aún, desde mi infancia he oído de mi madre y sus colegas decir cosas que a mí me parecen muy extrañas. ¿Un niño de tres años deseoso de matar a su padre y follar con su madre? ¿Una niña envidiosa del pene de su hermano? ¡Vaya timo! Por todos estos cuentos fantasiosos, vine a desarrollar alguna animadversión hacia la disciplina de la psicología. Además, al menos tal como la enseñan en Maracaibo, mi imagen de la psicología es una pandilla de muchachas colocando globitos en la pared para sus dinámicas de grupo. No gracias, no me interesa participar en estas cosas.
Yo vine a las Islas Marshall creyendo que hablaría de filosofía, historia o sociología, o de cosas que realmente me gustan. Mi sorpresa desagradable fue cuando, justo antes de venir, me dijeron que enseñaría psicología. Pero, a lo hecho, pecho. Ya no había vuelta atrás. Así pues, tuve que empezar a leer textos de psicología.
En esos textos, me encontré con las tonterías que esperaba: los habituales disparates de Freud, Jung y Lacan. No me molestaría si sus libros desaparecieran de la faz de la Tierra. Pero, en medio de tanto monte, sí es posible encontrar el orégano. Y, estando en las Islas Marshall, he venido a descubrir algunos psicólogos que sí dicen cosas muy interesantes.
Uno de ellos es Harry Harlow. Freud había dicho que los niños se apegan a quienes les suplen comida. Esto es también una idea propia del conductismo: la rata de Skinner aprieta la palanca, siempre y cuando reciba comida. Pero, Harlow diseñó un experimento para refutar esa idea. Separó a un macaco recién nacido de su madre, y le dio la opción de interactuar con dos títeres, como si fueran su madre. Un títere ofrecía comida, y estaba hecho de alambres. El otro títere estaba hecho de pelaje y parecía más una mona, pero no ofrecía comida. Bajo la teoría de Freud y los conductistas, el monito preferiría a la madre de alambre. Pero, en el experimento de Harlow, el monito prefería a la madre con pelaje.
Lo que el experimento demostraba, decía Harlow, es la necesidad humana del apego, muy por encima de la alimentación. Y esto me ha ayudado a entender mejor las cosas de mi propia vida. Venezuela atraviesa una profunda crisis, y mucha gente se está planteando emigrar. Precisamente esta circunstancia me ha traído a las Islas Marshall. Pero, para mucha gente, ir al culo del mundo a ganar un poco más de dinero, no es suficiente satisfacción. El apego de los familiares pesa mucho más. Mucha gente se ha sorprendido de que yo aún me quede en Venezuela, si a ese país ya se lo llevó el coño. Me preguntan por qué no busco pastos más verdes. Supongo que, en parte, mi esposa y yo somos como el monito de Harlow: podremos pasar hambre, pero queremos sentir el pelaje de los padres.
 Sospecho que, el experimento de Harlow también explica algunas cosas de la política. Chávez llevó a Venezuela a la ruina. ¿Por qué hay gente que sigue celebrando su cumpleaños y tatuándose su firma? No es, obviamente, porque Chávez les diera de comer. No podría ser más elocuente la patética frase, “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo”. La popularidad de Chávez estaba en su capacidad para generar apego. Para muchos, llegó a ser el padre que sustituye al borracho ludópata que abandonó a la madre en el barrio. Era el tipo simpático que, como el títere de pelaje, mantiene contento al monito, aun pasando hambre.

Tengo la sospecha de que en las Islas Marshall sucede algo parecido. Hay mucha pobreza en este país, y francamente, no tiene la suficiente vialidad como para ser un Estado plenamente funcional. Les iría mucho mejor si hubiesen seguido siendo una colonia gringa, y eventualmente, solicitar anexión a EE.UU. como territorio. A Hawaii no le ha ido mal (a pesar de que, como comenté en otro lugar de este blog, a los hawaianos se les impuso el estatuto sin consultarles), y mucha gente en Guam se plantea la posibilidad de ser el estado 51. Pero, sospecho que, aun con sus desventajas económicas, a los marshaleses les ha picado el gusano nacionalista. No he visto en Majuro los patrioteros que se ven en Venezuela. Pero, sí hay un cierto orgullo nacional generalizado que les hace creer que la independencia fue la mejor opción. Pasarán hambre, pero la bandera es su títere con pelaje.
  En fin, mi estadía en Majuro me ha permitido venir a apreciar la teoría psicológica del apego. Pero, ni tan calvo, ni con dos pelucas. En Maracaibo, he conocido a padres que quieren llevar a extremos ridículos esta teoría, y han tratado de venderme la idea de la “crianza con apego”. Bajo esta teoría, hay que permitir que los niños de pasen a la cama de los padres, no hay que regañarlos nunca, y otras cosas por el estilo. Es decir, hay que “mamearlos”, y generar monstruos malcriados. No creo en ese cuento. Un castigo en el momento necesario, puede salvar la patria.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Un maracucho en las Islas Marshall VII

            Mi decisión de venir a las Islas Marshall fue bastante accidentada. Previsiblemente, yo ni siquiera que este país existía. He conocido algunos miembros de la elite marshalesa, que se molestan porque en otras partes del mundo nadie sabe dónde queda su país. Y, se molestan también de que a esta región del mundo la llaman “Micronesia”. Etimológicamente, Micronesia quiere decir “pequeñas islas”. Esa pequeñez molesta a esa elite.
            Desde hace mucho tiempo ha habido esa queja: a los pueblos colonizados se les despojó el derecho de nombrar sus territorios como ellos quieren, y han tenido que utilizar el nombre asignado por el colonizador. Chávez maníacamente quiso cambiar el nombre a cuanto lugar pudo, y en esos cambios, muchas veces sustituyó nombres castellanos con nombres indígenas (por ejemplo, el Ávila ahora se llama Guaraireparo). Ignoro si los marshaleses quieren cambiar el nombre a su país. La nación se llama así en honor de John Marshall, un explorador inglés que avistó las islas en el siglo XVIII.

Sospecho que si a esa élite le molesta que esta región se llame Micronesia, más aún les molestará que el país se llame las Islas Marshall. Pero, una paradoja del nacionalismo es que, cuando los nacionalistas se apropian de un símbolo, ya no es tan fácil abandonarlo. Los marshaleses han asimilado bastante el topónimo Marshall, y no veo viable que renuncien a él. Es la misma historia de Venezuela: he escuchado en muchas ocasiones la cataleta en contra del nombre Venezuela, porque según dicen, lo asignó un marinero europeo en señal de desprecio. Pero, esos mismos patrioteros están tan imbuidos de nacionalismo, que difícilmente estarán dispuestos a renunciar el nombre que evoca en ellos sentimientos tan profundos.
En todo caso, el reclamo respecto a los topónimos es legítimo, pero sólo medianamente. Sí, ciertamente es muy injusto que los marshaleses tengan que llamar a su propio país con el nombre de un colonizador extranjero. Pero, también debemos reconocer que la cartografía, y la geografía en general, son disciplinas de origen occidental. Y, si bien los exploradores colonialistas pudieron haber sido muy malévolos en imponer topónimos a los nativos, si no fuera por esos exploradores, seguramente los nativos seguirían con una idea geográfica bastante equivocada de sus territorios.
            Digo que mi decisión de venir a las Islas Marshall fue muy accidentada, porque tras declinar varias veces la idea de hacer el viaje, decidí sólo en el último momento. Suelo consultar estas cosas con mis padres, pero ellos no estaban en Maracaibo para discutir el asunto con calma; tuvimos que hablar el asunto varias veces por teléfono. Lo discutí con mi esposa, y en parte gracias al apoyo que ella me ofreció, opté por venir.
            Ante un país tan desconocido, hice lo habitual: empecé a leer sobre su historia, cultura, etc. Pero, en este caso, mi interés era menos intelectual y mucho más mundano: quería saber cómo es la vida diaria en las Islas Marshall, para prepararme ante esa nueva experiencia.
Empecé a ver videos en Yotube de Majuro. Al contrastar lo que vi en los videos, con lo que veo ahora acá con mis propios ojos, me doy cuenta de que las cámaras pueden representar cosas muy distintas a la realidad. Los psicólogos de la Gestalt siempre nos han dicho que la percepción está condicionada por muchas circunstancias mentales. Pues bien, los camarógrafos tienen una gran habilidad para presentarnos las cosas de un modo distinto a cómo seríamos si estuviéramos frente a ellas.
Yo he visto fotos deslumbrantes de Maracaibo. Esas imágenes de la Plaza de la República en la noche enamoran a cualquiera que las contemple. Pero, cualquier maracucho sabe que ese lugar se ve mucho más bello en esas fotos. Yo estaba consciente de que las imágenes de Majuro en los videos serían distintas a lo que se percibe en la realidad, pero estúpidamente, creí que sería una ciudad limpia, tal como aparece en Youtube.
La triste realidad es que Majuro es mucho más fea de lo que yo me esperaba tras ver esos videos. Y, lo especialmente feo es la enorme cantidad de basura que hay en esta ciudad (los videos se encargaban de mostrar jardines verdes que, francamente, aún no he descubierto acá). En Maracaibo, por supuesto, la basura es un eterno drama. Ese problema no conoce colores políticos: derecha e izquierda son igualmente incompetentes a la hora de recoger la basura. Pero, aun para un maracucho acostumbrado a la cloaca, la basura de Majuro impacta.
Con todo, la suciedad de Majuro es distinta a la de Maracaibo. Hay mucha basura en la calle, pero no hay el característico olor a cloaca desbordada que habitualmente se encuentra en Maracaibo. No obstante, lo que más impacta no son los pequeños desechos, sino la enorme cantidad de escombros y chatarra anclada en las playas.
En algún momento, como forma de animarme a venir a las Islas Marshall, mi hermana me dijo que ella podría venir a visitarme desde Australia, porque ella siempre ha querido ir a playas paradisíacas. Ahora lamentaré informar a mi hermana que, al menos en Majuro, no hay ninguna playa paradisíaca. De hecho, no hay ninguna playa apta. Un día me bañé en la laguna, y descubrí que ciertamente el agua es cristalina, pero inmediatamente, me encontré con latas y escombros en el fondo de la laguna.
En la laguna hay varias embarcaciones hundidas, pero puesto que están cerca de la orilla, quedó por encima de la superficie parte de la chatarra. Me recuerda un poco a la escena final de El planeta de los simios, cuando Charlton Heston descubre en la playa los escombros de su civilización.
En una de mis caminatas de exploración, un día encontré un gigantesco basurero a las afueras de Majuro. Había un guardia custodiando el lugar, y me dijo que le tomara fotos al basurero, como si se tratara de una atracción turística. El hombre estaba comiendo, y le pregunté si no temía contaminar su comida con tanta basura. Me dijo que con espantar las moscas es suficiente. En mi mente de colonizador, asumí que ese hombre es era un salvaje que no tenía el menor concepto de higiene. Pero, inmediatamente recordé que, en los restaurantes de Cabeza de Toro, en el camino de Maracaibo a El Moján, yo he empleado exactamente el mismo método de espantar moscas.
Ese mismo día, me encontré con un pescador. Estaba sentado con sus hijos en una playa (por supuesto, llena de basura). Le pregunté por qué hay tanta basura en Majuro. El hombre, que resultó ser bastante culto, me dijo que es culpa del calentamiento global. Eso no me entró en la cabeza ni con taladro: ¿qué culpa tiene el calentamiento global de que un tipo tire una botella plástica al mar? Pero, el pescador me explicó que esa basura no es producida por los marshaleses. El calentamiento global ha aumentado los niveles del mar, y la intensidad de las olas arrastran a las Islas Marshall la basura que viene de otros países. El pescador me noqueó con ese argumento.
Pero, días después, conocí a un funcionario del gobierno, encargado especialmente del problema de la basura. Le expuse la teoría del pescador, y soltó una carcajada. El funcionario me aseguró que la basura de las Islas Marshall, es producida por los propios marshaleses. De hecho, su labor como funcionario es cultivar en la población hábitos culturales que permitan ofrecer soluciones. Acá hay demasiada tentación de usar al mar como basurero. Por supuesto, esto no es ninguna novedad para un maracucho, pues el lago, es sencillamente una extensión del IMAU (el servicio de recolección de basura).
Lo que me contaba el funcionario me hizo reflexionar sobre la izquierda en América Latina. Gente como Eduardo Galeano ha pasado toda la vida tratando de convencernos de que la culpa de nuestros males, siempre la tienen los demás: el imperio, el Mossad, el Pato Donald. Algo de verdad hay en esos alegatos. Pero, ¡qué fácil es chantajear con esa excusa!
Pues bien, por lo visto, a los marshaleses les pasa igual. No hay duda de que las Islas Marshall son un país seriamente amenazado por el calentamiento global. Una subida de aguas puede llevarse estos atolones en cualquier momento. Pero, ¿puede usar esa excusa un marshalés cuando lo agarren in fraganti arrojando una botella plástica a la laguna?
Con todo, el problema de la basura en las Islas Marshall es aún más complejo. Los gringos, además de lanzar bombas nucleares, han establecido acuerdos para enviar basura y desechos radioactivos a estas islas (aunque, no a Majuro, sino a Enewetok). Eso no explica la enorme cantidad de basura que yo he visto en Majuro, pero sí es motivo para reprochar la depredación imperial norteamericana.
Pero, como suele ocurrir en estas cosas, hay hipocresía. Los políticos marshaleses suelen basar sus campañas electorales y el cultivo de su imagen internacional, en el ecologismo. Christopher Loeak, el antiguo presidente de este país, hizo muchos llamados para que el mundo adquiriera conciencia del peligro que el calentamiento global supone para las Islas Marshall. Pero, insólitamente, pude ver en un reportaje de televisión que el mismo Loeak defendía los acuerdos con los norteamericanos para recibir basura, y uno de los argumentos que empleaba, postulaba que las islas ya de por sí están bastante contaminadas, y que se puede tolerar un poco más de basura a cambio de una considerable cifra de dinero que ofrezcan los gringos.

Un ecologista dirá que Loeak es un monstruo. Pero, seguramente ese ecologista viene de un país occidental muy acomodado y que no conoce la pobreza. Viendo la pobreza que hay en las Islas Marshall y la desesperación por conseguir financiamiento, puedo entender mejor (aunque no necesariamente apoyar) el pragmatismo del antiguo presidente marshalés.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Un maracucho en las Islas Marshall VI

  Debido a mi mezquindad como resultado de la crisis venezolana, camino mucho en Majuro, a pesar de que los taxis son baratísimos. Es inevitable que la gente me reconozca como extranjero cuando me ven caminando. La vestimenta ciertamente me distingue. Los marshaleses son notoriamente humildes en su vestimenta. Para actividades diarias, incluso formalidades como ir a clase en una universidad, están vestidos como lo estaría cualquier persona que en Maracaibo, vive en un rancho de lata y zinc. Me entristece un poco, pero al ver a los marshaleses caminar en la calle, me recuerdan un poco a las imágenes de presos en las cárceles venezolanas, vestidos con ropas viejas adecuadas al calor.
            Aun si me vistiera como ellos, no obstante, sospecho que los marshaleses aún así me identificarían fácilmente como extranjero al verme caminar en la calle. Muchos se me acercan a saludarme en inglés, e incluso a darme la mano. No diría que soy el dios blanco a quien los marshaleses vienen a rendir culto, pero sí hay entre ellos una actitud de simpatía hacia el extranjero. Esto es muy distinto, por ejemplo, de mi convivencia con los wayúu, cuando he visitado sus territorios en Colombia y Venezuela. Los wayúu, en líneas generales, no son muy dados a ser amigables con los extranjeros.
EE.UU. hizo pruebas nucleares en las Islas Marshall, y supongo que algunos marshaleses no estarán muy contentos al respecto. Pero, en líneas generales, en este país no hay el odio virulento a EE.UU. que sí se observa mucho más en América Latina. Sospecho que a muchos progres les molestará la actitud simpática de los marshaleses respecto a los gringos. Esos progres dirán que los marshaleses han internalizado el colonialismo y viven un grado superlativo de alienación.
Pero, yo no me apresuraría a juzgarlos así. Las Islas Marshall tienen poca viabilidad como Estado debido a su minúsculo tamaño, y no les queda más remedio que buscar una protección en las grandes potencias. Alemania, Japón y EE.UU. se la ofrecieron. Podemos quejarnos todo lo que queramos del Tío Sam, pero yo me llevo la impresión de que los marshaleses han correctamente juzgado que, aun con las pruebas nucleares, los gringos fueron el poder imperial más benevolente con ellos.
Y, en vista de que su principal fuente de producción es la ayuda norteamericana, no están dispuestos a morder la mano de quien les da de comer. No obstante, no faltan marshaleses que, con justa razón, critican esa ayuda norteamericana que el país recibe. Las Islas Marshall se han vuelto un país dependiente en extremo, y los niveles de productividad son bajísimos.
A mí me identifican en la calle como extranjero, pero estoy seguro de que, si un maracucho promedio viniese a caminar en Majuro, los locales lo saludarían en marshalés. La apariencia física de los marshaleses no es muy homogénea, pero en líneas generales, podría decir que es muy parecida a la apariencia física de los maracuchos.
En todo caso, observo que a los marshaleses les interesa muy poco las diferencias raciales entre la gente. Los gringos que viven acá, en cambio, como es previsible, sí están obsesionados con el tema. Un día, un amigo norteamericano me estaba hablando sobre una persona que él veía a lo lejos, pero que yo no conocía. Yo le pregunté a cuál persona se refería, y él me respondió que se trataba de aquel “afro americano que está allá”.
En EE.UU., hay un gran temor de ofender a los demás con epítetos raciales. Y, para vacunarse frente a una posible demanda, prefieren llamar a los negros “afro-americanos”. El problema, no obstante, es que es una ridiculez asumir que una persona negra en las Islas Marshall, es un afro-americano. Podría ser nigeriano, senegalés, camerunés, etc.
Lo políticamente correcto conduce a la gente a decir tonterías. Luego, el negro a quien se refería me amigo se acercó. En efecto, era un negro oriundo de EE.UU. Pero, él mismo, al oír la referencia a “afro-americanos”, pidió que no lo llamaran afro-americano, sino sencillamente, negro. Pues, según me explicaba, él no tiene nada que ver con África, su lugar de origen es Boston, y está muy contento así.
Sentí mucha simpatía por lo que me decía este hombre. Yo soy descendiente de andaluces, pero no esperaría que la gente me llame andaluz-maracucho. Los cultivadores de las identidades raciales y étnicas en EE.UU. están obsesionados con hacer que la gente se apegue a las raíces de sus ancestros (en el caso de los negros, bastante ajenos a ellos), muchas veces en detrimento de lo que la propia gente desea.
Unos días después, entré a conocer el colegio católico de Majuro, y me recibió un profesor de piel oscura con trenzas estilo rasta. Podría haber sido Bob Marley. Estoy seguro de que mi amigo norteamericano, al verlo, lo hubiese descrito como un “afro-americano”. En realidad, Tony, como se llamaba el profesor, era de las Islas Salomón. Ése es un país en Melanesia. Los melanesios pueden tener algún parecido con los africanos, pero genéticamente, son muy distantes de ellos. Un africano tiene más cercanía genética con un europeo que con un melanesio. Sería, pues, doblemente ridículo llamar a Tony un “afro-americano”: ni es americano, ni sus ancestros vienen de África.

Todo esto ratifica mi idea de que la raza es un concepto sumamente problemático. Pero, como se sabe, la raza es una de las grandes obsesiones en EE.UU., y la comunidad de expatriados americanos en las Islas Marshall, lleva a cuestas esa obsesión. Lo triste, no obstante, es que no es el Ku Klux Klan o Donald Trump quien hoy más utiliza un concepto tan confuso como la raza. Hay mucho más interés en continuar las falsas divisiones raciales, entre aquellos que, al alegar ser descendientes de los oprimidos, se benefician de ello.

En principio, la idea de compensar a las víctimas de la esclavitud, no está mal. El problema, no obstante, es que en EE.UU. no hay nada remotamente cercano a un registro genealógico que permita saber quién es descendiente de esclavos. En vista de eso, se asume el color de la piel como guía para asignar estos beneficios. Y a mí me parece que esto es doblemente trágico. Por una parte, eso no hace más que oxigenar el propio concepto de raza que es tan confuso y problemático, y que tanto daño ha hecho. Por la otra, al asignar beneficios en función del color de piel, se corre el riesgo de compensar a quien no es descendiente de esclavos. Si Tony emigrase a EE.UU., podría censarse como “afro-americano”, recibir los beneficios de la acción afirmativa, a pesar de que procede de un grupo étnico que no tiene ni el más remoto vínculo con los africanos.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Un maracucho en las Islas Marshall V

Mi primera semana en Majuro estuve alojado en el Marshall Islands Resort. El hotel tiene la estructura de esos moteles que en Maracaibo son conocidos por hospedaje de una noche con meros propósitos sexuales, diseñados para que los infieles se encuentren con sus amantes en relativo anonimato. Pero, en realidad, en muchos lugares del mundo, este tipo de diseño arquitectónico es común en hoteles de carretera, de forma tal que, si bien mi mente morbosa pudo imaginar muchas cosas de ese hotel en Majuro, en realidad era bastante normal.
            Yo he ido a gimnasios por muchos años, pero en los últimos tiempos, dada la terrible crisis venezolana, ir a un gimnasio es un lujo. Aproveché, entonces, para hacer uso del gimnasio del hotel todas las mañanas, muy tempranito. Como cabe esperar de todo en Majuro, el gimnasio del hotel está bastante deteriorado. Varias máquinas están rotas y oxidadas (en Majuro, casi todo está oxidado, debido a la sal de la playa), y hay un penetrante olor a sudor, pues tiene poca ventilación.

            Yo solía ser el único en entrenar. Un día conocí en el gimnasio a un australiano que estaba de pasada en las Islas Marshall. Me habló de sus hazañas por el mundo. Estuvo hace algunos años en Caracas, y me dijo que le pareció casi tan peligrosa como Mogadishu, en Somalia. A veces, al decir que soy venezolano, me siento un poco como el hijo del gato Silvestre, quien se coloca una bolsa en la cabeza para aliviar su vergüenza.
            Otro día, conocí en el hotel a una americana que me dijo que había estado en Maracaibo, “cuando Venezuela era un país al cual se podía ir”. Esta gringa fue otra que puso el dedo en la llaga, y dolió. La señora, muy amable, me decía que lo ideal en las Islas Marshall es hacer amigos. A mí me pareció genial ese consejo. Me invitó a incorporarme a un club que ella presidía. Yo estaba deseoso de hacerlo. Pero, al final de la conversación, me dijo que la membrecía del grupo vale 20 dólares; es decir, casi la mitad de mi sueldo en Venezuela. ¿Por qué diablos a los gringos les cuesta tener amigos sin cobrar? Otro misterio que por ahora no me propongo resolver.
            Al término de una semana, me mudé a una residencia en otro lugar de Majuro. El propietario es un taiwanés. El tipo me recordó un poco al coreano de Falling Down, la película con Michael Douglas, en la cual el coreano y el protagonista se baten casi a muerte por apenas unos centavos en el sobreprecio de una Coca Cola. El taiwanés me explicaba algunos detalles de la casa, pero nunca se quitaba de la boca un palillo. Al final de su breve explicación, me invitó a tomar algo; aparentemente, no resultó ser el monstruo que aparece en la película de Michael Douglas. En ese momento, tuve que rechazar la invitación, porque tenía que salir a hacer una diligencia. Pero, antes de salir, el taiwanés me advirtió que cerrara bien las puertas. Un marshalés se había encargado de llevarme a la residencia, pero el taiwanés me tomó por el brazo y me apartó del marshalés, para decirme en secreto que los marshaleses no son de confiar, y que hay que cerrar bien las puertas. En las Islas Marshall no hay las tensiones étnicas que pueden encontrarse en Fiji o Malasia, pero de vez en cuando, efectivamente hay roces.
            El comentario del taiwanés me dejó un poco inquieto. Pero apartando a ese señor, todos, absolutamente todos en la isla, me han dicho que en Majuro, la seguridad no es un problema. Se ven algunas patrullas y algunas policías con caras de bravucones, pero ninguno lleva armas. Fanáticos como Charlton Heston dirían que las Islas Marshall es un infierno porque nadie tiene metralletas para protegerse frente a los tiranos, pero francamente, yo me siento bastante feliz así, en un país sin armas. Es perfectamente posible salir a caminar de noche en el barrio más miserable, y sentir absoluta seguridad. No me planteo abandonar Venezuela y venir a vivir indefinidamente en esta isla en el culo del mundo, pero si los malandros siguen obrando a su antojo en mi país, en algún momento quizás sí tenga que plantearme una decisión como ésa.
            Eso no quiere decir que en las Islas Marshall todo sea paz y amor. He leído reportajes sobre abusos de derechos humanos a los presos en este país. Esto no es una democracia consolidada. En el gobierno, los jefes tribales (quienes además son los propietarios de la tierra) tienen puestos de alto mando garantizado. Y, sospecho que estos jefes tribales, como en muchas sociedades con estructuras tribales, no tienen muchas contemplaciones a la hora de aplicar castigos inhumanos a los criminales.
            Pero, en líneas generales, hay una actitud bastante relajada. Un día, por ejemplo, conversaba con un joven bastante americanizado, y le estaba explicando qué es un psiquiatra. El joven me decía que, en las Islas Marshall, a los locos sencillamente se les deja deambular por las calles. No hay la concepción represiva de la psiquiatría que sí es más común en los países occidentales. Michel Foucault, uno de los padres de la antipsiquiatría, estaría muy contento en Majuro, aunque sospecho que él, como todos esos izquierdistas franceses aburguesados, se desesperaría ante la ausencia de comodidades occidentales. Es muy fácil quejarse de Occidente, pero cuando se pasan penurias en sociedades más primitivas, recordamos lo agradable que es el aire acondicionado y otras delicias.
            En Majuro no hay inseguridad, pero sí hay mucha, muchísima pobreza. Salvo una zona comercial con edificios gubernamentales de vidrio, Majuro es como un gran barrio de Maracaibo. Quien haya visitado los barrios de Santa Rosa de Agua, el 18 de octubre o San Jacinto, se familiarizará rápidamente con la capital de las Islas Marshall. Hay una carretera central, pero los caminos aledaños son de tierra. Algunas casas son de ladrillos, pero hay también muchos ranchos de lata y zinc.
            A pesar de toda esa pobreza, no hay pordioseros. Acá nadie pide limosna, ni extorsiona con la excusa de haber hecho un trabajo totalmente inútil. No hay limpiavidrios, ni cuida carros, ni nada de esa mierda a la que estamos acostumbrados en Maracaibo. Sólo una niña me pidió una naranja que yo llevaba en la mano, y unos días antes, un adolescente me pidió si le podía “prestar” un dólar. Pero, incluso en ese gesto, hay cierta vergüenza, pues el muchacho no se atrevía a pedírmelo como limosna, sino en calidad de préstamo (aunque, por supuesto, eso no habría sido ningún préstamo).
            Las Islas Marshall (y muchos otros países) sirve como refutación de la gran mentira que algunos criminólogos nos han querido vender: que el crimen es debido a la pobreza y la desigualdad. Acá hay ambos males, pero la inseguridad es casi nula. Un etíope una mañana me buscó conversación, y me dijo que admiraba a Chávez, por ser un gran liberador de los pueblos del Tercer Mundo. El etíope me resultó simpático, pero con esa confesión sobre Chávez, ya no le tuve tanta simpatía. Pues bien, Chávez, que tanto se jactaba de entender a los pueblos del Tercer Mundo, debió haber venido a Majuro para comprender que, quien roba, no lo hace porque tiene hambre. Como postularía el viejo cliché, los marshaleses son pobres pero honrados.