lunes, 5 de diciembre de 2016

¿Era Fidel un narcotraficante?

            Cuando cayó el muro de Berlín, se desclasificaron muchos documentos, y se supieron muchas de las marramuncias que se hicieron en el bloque soviético. Con la muerte de Fidel y la apertura de Cuba al mundo, quizás podamos tener la esperanza de que, algún día, el régimen cubano abrirá los archivos (si es que acaso existen), o se permitirá saber la verdad sobre el caso Ochoa. Por supuesto, primero tiene que morir Raúl Castro, pues él mismo fue uno de los principales protagonistas de aquellos infames acontecimientos.
            Dado el gusto que ahora hay por las series televisivas de narcotraficantes en toda América Latina y EE.UU., me sorprende que el exilio en Miami aún no haya llevado a la pantalla este caso. Pues, en efecto, lo tiene todo: drogas, sexo, amor, guerra, violencia, espionaje. A raíz de la muerte de Fidel, he visto algunos documentales y he leído algunos libros sobre el tema. Obviamente, a los fidelistas les aterra el tema, y por eso, tratan de evitarlo a toda costa. En este sentido, que yo sepa, no hay libros o documentales que cuenten la historia simpatizando con Fidel.

            Por otra parte, lamentablemente, la mayoría de los libros sobre el tema son muy conspiranoicos y demasiado prestos a satanizar a Fidel. La crónica más balanceada y detallada, me parece, es la que Andrés Oppenheimer presenta en su libro La hora final de Castro, de 1993. El título da la impresión de que Oppenheimer estuvo equivocadísimo, pues en 1993, aún estábamos muy lejos de la hora final de Fidel. Pero, el mismo Oppenheimer advertía en el libro que él no pretendía ser un profeta, sino sencillamente, narrar la crisis por la cual empezaba a atravesar Cuba. Así pues, el primer tercio del libro, es una muy documentada y balanceada narrativa sobre cómo sucedieron los acontecimientos en torno al caso Ochoa.
            Trataré de resumir casi doscientas páginas de intrigas genialmente narradas por Oppenheimer. Reinaldo Ruiz, un cubano exiliado en Panamá, descubrió que tenía un primo lejano en la administración cubana, Miguel Ruiz Poo. Ruiz le planteó a su primo usar Cuba como base para trasladar cocaína desde Colombia a Miami. Ruiz Poo tuvo que consultar con sus superiores, y tras recibir el visto bueno, se concretó la operación.
            Empezaron así algunas operaciones. Ya desde antes, había operaciones en las que se permitía el uso del espacio aéreo cubano a los narcos, y a cambio, se pedía que esos mismos narcos llevasen armas a las guerrillas en Colombia y Centroamérica. Pero, aparentemente, los altos mandos siempre habían querido tener cautela en que la droga no pasara por territorio cubano propiamente.
            Cuba, no obstante, empezaría a dejar de recibir subsidios soviéticos, a partir de la Perestroika. Así, desesperadamente había que buscar nuevas formas de financiamiento y abastecimiento. Se creó así el departamento de “Moneda convertible”, MC. La intención era hacer negocios con los propios exiliados en Miami, de forma tal que éstos burlaran el embargo, y llevaran en sus lanchas a Cuba, artefactos electrónicos, así como operaciones en el exterior que permitieran evadir el embargo.
Esto fue así por un tiempo, pero el alto mando del MC, con Tony de La Guardia a la cabeza, empezó a ver como un negocio más rentable que esos lancheros llevaran droga directamente a EE.UU. De La Guardia aparentemente era un tipo corruptible que disfrutaba el buen vivir en La Habana, y se quedó con alguna tajada de aquel negocio turbio. Pero, tanto él como su hermano gemelo, Patricio, deseaban también reformas en Cuba. Y así, en vista de que el régimen no daba su brazo a torcer a la Perestroika, pragmáticamente asumieron que el narcotráfico sería una opción viable para sobrellevar los tiempos duros que venían.
Arnaldo Ochoa, en cambio, no era un tipo corruptible. Ostentaba el título de “Héroe de la Revolución”, y tenía una ilustre carrera como combatiente en Angola. Fidel pretendía dirigir esa guerra desde Cuba, pero Ochoa, en el campo de batalla, desobedeció muchas órdenes, cuestión que al final, resultó ser militarmente eficaz. Ochoa, que se había ganado el respeto de sus tropas, veía con preocupación la precaria condición de Cuba y el abandono de los veteranos de guerra, y así, se involucró en el tráfico de diamantes y marfil desde África, pero nunca de droga. Las ganancias serían para la revolución, y en efecto, Ochoa llevaba en Cuba una vida bastante austera.
Como los gemelos De La Guardia, Ochoa quería reformas. Pero era mucho más osado en vociferar su crítica a Castro. Fidel, como siempre fue su costumbre, montó vigilancia y colocó micrófonos secretos a Ochoa, y pudo escuchar sus opiniones respecto a la necesidad de reformas en Cuba. Indispuesto a tolerar la indisciplina de Ochoa, procedió a arrestarlo (junto a los gemelos De La Guardia y otros más), imputándole cargos relacionados con el narcotráfico (se le acusó de enviar un emisario para establecer relaciones con Pablo Escobar). Mataba así dos pájaros de un tiro: se quitaba de encima a un posible disidente, y a la vez, lavaba su cara frente a la amenaza de que la inteligencia norteamericana revelara datos que vinculaban al régimen con el narcotráfico.
El juicio que se le hizo fue brutal. Se transmitió por televisión, pero en versiones editadas, de forma tal que no sabemos realmente la totalidad de las cosas que se dijeron. A pesar de la edición, hubo algunas escenas extrañas. Por ejemplo, Ruiz Poo, temblando y llorando, empezó a decir en medio de incoherencias, que las órdenes respecto a las operaciones del narcotráfico venían directamente desde Fidel. El fiscal Juan Escalona (un hombre despiadado con un gran celo en elogiar a la revolución y llevar al paredón a los acusados), intervino para interrumpir al acusado, y exigió que los médicos lo atendieran. Al día siguiente, Ruiz Poo, ya recompuesto, retomó su testimonio, pero esta vez dijo que Fidel no tenía absolutamente nada que ver con las operaciones
   Los abogados no hicieron el menor esfuerzo por defender a los acusados. Todos terminaron confesando sus crímenes. Pero, vale recordar que, en las purgas estalinistas de los años 1930, los acusados también confesaban crímenes que, luego se supo, no cometieron. Y, además, esas confesiones en Cuba no fueron del todo claras. Los acusados dicen que ellos fallaron a la revolución (Ochoa admitió que él merecía morir), pero no detallan en qué consistieron sus crímenes. Fidel mismo fue a visitar a Tony De La Guardia en la cárcel, prometiéndole que, si confesaba, el castigo no sería duro. Presumiblemente, se hizo la misma oferta a Ochoa. Por supuesto, tal promesa no se cumplió, y al final, tanto Tony De la Guardia como Ochoa fueron fusilados.
    En la narrativa de Oppenheimer, también resalta la complicidad de Gabriel García Márquez, que tenía su propia mansión en La Habana. La hija de Tony De La Guardia, Ileana, desesperadamente fue a suplicar al Gabo para que interviniera con Fidel pidiendo clemencia. Los testimonios se contradicen un poco, pero según parece, García Márquez no se esmeró mucho en esta solicitud.  
En todo este culebrón, hay dos preguntas clave: ¿era Ochoa culpable? (no hay duda de que De La Guardia sí lo era), y ¿cuán cómplice era Fidel? Oppenheimer no ofrece respuestas contundentes. En su relato, deja entrever que, sí, Ochoa sí participó en estas operaciones, aunque sólo tentativamente. No entró de lleno en el narcotráfico, solamente envió emisarios para establecer unos primeros contactos. Pero, en todo caso, no lo hizo para enriquecerse él mismo, y en su contexto, sus acciones eran las más naturales, pues parecía que todo aquello era autorizado e incluso alentado por el propio régimen.
¿Y Fidel? El Comandante siempre tuvo la precaución de no mancharse las manos directamente. Pero, según el testimonio de muchos de los informantes de Oppenheimer, Fidel sí estaba al tanto de las operaciones. José Abrantes, otro de los condenados (pero no a muerte), y muy cercano a Fidel, empezó a explicar a otros reclusos la participación de Fidel en el narcotráfico. Al poco tiempo, murió misteriosamente en la cárcel. Patricio De La Guardia fue más comedido en sus vociferaciones en la cárcel (presumiblemente, escarmentó al conocer sobre la muerte de Abrantes), pero según su esposa, Patricio siempre sostuvo que Fidel estaba al tanto de todo.
 Con todo, Fidel quería mantener las operaciones en un límite, y cuando éstas se empezaron a descontrolar, decidió intervenir, aprovechando la ocasión para lavar su cara frente al mundo, y a la vez, eliminar a Ochoa, un reformista cuya popularidad, ya Fidel empezaba a temer. La historia quizás absolverá a Fidel por su ataque al cuartel Moncada, pero, si lo que cuenta Oppenheimer es verdadero (y ciertamente es muy creíble) no por la barbaridad del caso Ochoa.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Dos culpables del triunfo de Trump: Obama y los medios

            Mientras escribo estas líneas, aún no se sabe quién ha ganado las elecciones presidenciales de EE.UU., pero todo indica que Donald Trump es el vencedor. Muchos, incluyéndome, hemos quedado atónitos. Si hay que buscar culpables de esta catástrofe, yo señalaría a dos.
            El primer culpable es Barack Obama. En el 2008, Obama lanzó su campaña con la promesa de que él uniría a EE.UU., y se convertiría en un presidente post-racial. Ese mensaje fue explícito. Pero, implícitamente, el mensaje fue distinto. Obama nunca llegó a decir categóricamente, “Voten por mí porque soy negro”, pero su campaña sí lo presentó como un candidato que debería ser elegido, no tanto por el contenido de sus ideas, sino por el mero hecho de que era negro. Con eso, EE.UU. finalmente elegiría a un presidente negro tras varios siglos de injusticia, y así, el votante blanco se quitaría de encima el peso de la culpa.

            Esta forma de hacer política, que en EE.UU. se denomina “políticas de identidad” (identity politics), se ha hecho muy común en las sociedad norteamericana. Lo relevante no es la ideología, sino a cuál grupo demográfico se pertenece. Obama explotó esa tendencia para conseguir sus triunfos en 2008 y 2012 (tácitamente comunicando el mensaje de que, quien no votase por él, es un racista), y en 2016, Hillary Clinton intentó algo similar (aunque no en el mismo grado que Obama), al continuamente presentarse como la primera mujer en buscar ganar la presidencia de EE.UU.
            Donald Trump ha ganado con el voto de los blancos. Y, lo ha hecho apelando a las políticas de la identidad. Al final, los hombres blancos votantes, llegaron a la conclusión de que, si los negros votaron por Obama por el mero hecho de que es negro, y las mujeres votarían por Clinton por el mero hecho de ser mujer, entonces ellos votarían por Trump, por el mero hecho de ser blanco y hombre. Las mismas políticas de la identidad que llevaron a Obama a la Casa Blanca, ahora se vuelven contra los demócratas. Es un juego perverso que, lamentablemente, el mismo Obama inició.
            El segundo culpable son los propios medios de comunicación que estuvieron en su contra. Trump es un bufón, pero la forma en que los medios de comunicación lo satanizaron fue desproporcionada. Trump ganó enfrentándose a su propio partido republicano, CNN, el Vaticano, muchas iglesias protestantes, la BBC, Al Jazeera, MSNBC, e incluso, durante las primarias republicanas, la propia Fox News (una cadena marcadamente conservadora). Muy pronto se convirtió en el underdog: tenía todo en su contra. Y, la narrativa del underdog es muy poderosa en la cultura norteamericana. Cuanto más se presentaba a Trump como un monstruo en los medios de comunicación, más fortalecido salía. Al final, el votante promedio norteamericano llegó a la conclusión: si todos dicen que Trump es el propio diablo, entonces, algo bueno debe tener.

Los medios norteamericanos cometieron el mismo error que los medios venezolanos (y latinoamericanos en general) cometieron con Chávez en 1998: en vez de moderar los ataques en contra del candidato, terminaron por satanizarlo. Al final, tanto Chávez como Trump (ambos con un enorme talento frente a las cámaras), supieron convertir esa satanización en una ventaja.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Sobre el esparcimiento de las cenizas

            La Iglesia Católica ha prohibido la costumbre de esparcir las cenizas de difuntos incinerados. Mucha gente lo ve como una intrusión en la vida privada de los individuos, y en la decisión de cada quien sobre qué hacer con sus cuerpos una vez muertos. Yo no lo veo así. Desde que se creó la república italiana y la desaparición de los Estados papales, en la segunda mitad del siglo XIX, la Iglesia perdió su poder temporal. Algunos fanáticos católicos (y el propio nefasto Pío IX) se han lamentado de aquello; yo, en cambio, celebro que los dictámenes del Papa no tienen ya poder vinculante. ¡Viva la secularización del mundo! Pero, precisamente, deberíamos comprender que, desde que el Papa perdió el poder temporal, no tiene la capacidad de imponer nada a nadie.

            La Iglesia prohíbe a sus miembros el esparcir las cenizas. Pero, esto no es realmente una prohibición. La Iglesia no cuenta con el poder coercitivo para castigar a quien desobedezca sus órdenes. El Papa prohíbe que se haga algo en su organización privada, del mismo modo en que el líder de una secta prohíbe que se haga algo en su grupo religioso. A quien no le guste, se puede ir. Hay muchas cosas del catolicismo que a mí no me gustan; por eso, no soy parte de esa religión. El Papa no está infringiendo la libertad de nadie.
            A pesar de que la mayoría de las doctrinas católicas me resultan harto absurdas, extrañamente siento alguna simpatía por la prohibición de esparcir cenizas. Obviamente, el muerto, muerto está. Y, lo que se haga con sus cenizas, no va a cambiar el hecho de que ya murió. Pero, uno de los motivos por los cuales el Vaticano está prohibiendo el esparcimiento de las cenizas, es su oposición al panteísmo. Mucha gente que esparce las cenizas de los muertos lo hace bajo el concepto de que su cuerpo regresa a la Madre Tierra, a la cual se le rinde culto. El Vaticano censura este culto a la naturaleza, y yo simpatizo con esta postura del Vaticano.
            Muchos historiadores nos informan que los grandes avances del mundo moderno se lograron, precisamente en la medida en que se dejó de rendir culto a la naturaleza. La revolución científica sólo fue posible cuando se superó la mentalidad que asumía que los ríos, bosques, plantas y animales, eran seres sagrados. Uno de los grandes promotores de la revolución científica, Francis Bacon, sin tapujos propuso adquirir conocimiento para dominar a la naturaleza.
            Hoy, muchos grupos ecologistas rinden culto a la Pacha Mama, y asumen el panteísmo. Pero, para que el hombre moderno pudiera llegar a la luna, desarrollara antibióticos e inventara el avión, tuvo que dejar de rendir culto a la naturaleza. El panteísmo es un enorme obstáculo a la ciencia. Obviamente, el prohibir el esparcimiento de las cenizas no hará a nadie asumir una actitud más científica. Pero, si lo que subyace a esa prohibición es la oposición al panteísmo, entonces veo eso con buenos ojos, pues insisto, el panteísmo es una doctrina que frena significativamente la mentalidad científica.
            Por supuesto, el catolicismo mismo tiene sus propios obstáculos a la mentalidad científica, y estos obstáculos salen a relucir en esta prohibición de esparcir cenizas. Aun si el Vaticano a regañadientes acepta la incineración, sigue recomendando la sepultura. Esto es debido a la creencia en la resurrección: es mucho más fácil imaginar que, el día del Juicio Final, Dios sólo necesita rellenar los huesos con carne; imaginar que de las cenizas sale el cuerpo resucitado, es mucho más difícil.


            La doctrina de la resurrección, por supuesto, desafía todo criterio científico. No hay absolutamente ningún indicio para suponer que un cuerpo muerto regresará a la vida, más allá de lo que un antiguo libro enseñe. Pero, aún si depositáramos la fe en ese antiguo libro, hay demasiadas dificultades conceptuales. Se ha prometido que el cuerpo resucitado, será el mismo con el cual vivimos. ¿Qué hay del caníbal que se come a otra persona y muere de indigestión? ¿Cómo hará Dios para resucitar al caníbal y su víctima íntegramente, si ambos cuerpos comparten átomos? ¿Qué hay de la persona que no estuvo conforme con su cuerpo mientras vivió? ¿Resucitaremos con el cuerpo decrépito con el cual muchos morimos, o con el cuerpo de otra edad? Si es otra edad, ¿cuál edad? Si Dios nos resucita con otro cuerpo distinto, ¿cómo podemos afirmar que se tratará de la misma persona, y no una réplica?  

domingo, 16 de octubre de 2016

Review of "Silence Patton"

            We Latin Americans do not have much appreciation for George Patton. Based on what we gathered from Franklin Schaffner’s famous 1970 film, Patton was the prototypical American fascist who was too dumb to understand the reality of PTSD, and liked to smack people around with his whip. The fact that he participated in the expedition against Pancho Villa (widely perceived by us as a violation of Latin American nations’ sovereignty, and a preview of what was later to come for decades-i.e., a long series of American interventions in our countries), makes us dislike him even more.
            But, is it possible that we are influenced by biases, and in fact, we should acknowledge Patton’s greatness? Robert Orlando’s documentary Silence Patton attempts to portray him as a Cassandra-like figure who warned against the risk of Stalin and communism, and nobody would listen. Patton died under strange circumstances, and there has always been talk of a conspiracy to kill him. According to the film, there was an attempt to silence him, because he turned out to be a nuisance to the Allies’ post-war plans. Predictably, Orlando’s portrait of Patton is very sympathetic. I admire Orlando’s capacity in film making and historical analysis. But, I remain unconvinced of Patton’s greatness, and what he stood for. 

            The film pays some attention to Patton’s incidents slapping soldiers who were too nervous to engage in combat. The American media made a circus out of it, and Patton was temporarily discharged from the Italian campaign. Orlando treats this as a first instance of the American higher command’s flawed decisions, and a sign of what was to come. I would not be so quick to dismiss Patton’s abuses. Sure, slapping is a minor thing compared to the brutal discipline that the Nazis and the Soviets imposed on their soldiers. But, military ethical standards are absolute, and they cannot be relativized simply because the enemy is worse.
Patton’s slapping incidents may not be as harmless as they seem. They sent a terrible message: there is no such thing as PTSD. Sure, back then, psychiatrists had not come up with the term. But, common sense would dictate that, in the heat of battle, some human beings can have a nervous background. PTSD victims are not cowards, they are patients. To this day, some people refuse to accept this medical reality, and I’m sure glamorizing Patton’s aggressiveness and militarism does not help in advancing medical knowledge.
 The film’s main focus is on Patton’s exhortations to take Berlin before Stalin’s troops got there. His exhortations fell on deaf ears, and of course, Stalin got there first, and made life terrible for all Eastern Europeans. I will not dispute this. Most Latin Americans appreciate Pablo Neruda, but the famous Chilean poet was an idiot when he wrote odes to Stalin. Communism in Eastern Europe was terrible, and Stalin was a psychopath.
 However, as with most military matters, this is easily said only with the benefit of hindsight: the fog of war makes things very difficult. Sure, Stalin was already a monster in the 1930s. But, I believe Truman, Eisenhower and the others who tried to silence Patton, made the right decision. First, they may have had good reason to doubt Patton’s mental stability. Orlando tries to dismiss this as nonsense, but I would not go so fast.
Believing in reincarnation and believing yourself to be a Roman soldier (as Patton did) is not a sign of mental illness. But, even in the film itself, Orlando quotes letters from Patton showing great eagerness to earn military glory. This is a dangerous sign. War may be intoxicating, especially for generals who have been humiliated in the past (as Patton was with the slapping incidents), and are now zealous to prove their military worth. Once rogue generals are given green light to pursue their glory dreams, they may be hard to stop, and indeed, their mental instability may put everyone in jeopardy.
Yes, Stalin was a brutal dictator. But, given Patton’s aggressive past, I would venture to say that even with a moderate and a reformer like Gorbachev, Patton would have urged to fight the commies to the end. A big unanswered question in the film is: had Patton been given the green light to take Berlin before Stalin’s troops got there, would he have been willing to go all the way to Moscow? Apparently, yes. It seems to me this was yet another good and perfectly rational reason to stop and silence him.
This was summer 1945. By the time American troops tried to reach Moscow, it would have already been winter. Napoleon failed. Hitler failed. Even the Americans, back in 1919, failed to overthrow the Bolsheviks in the Russian civil war. Why would it be different this time?
I believe there is also a moral argument to be made, although I do not think Truman (not a very moral man) or Eisenhower considered it: Russia had already suffered too much, and in a sense, there had to be some moral gratitude to Russia, even with a brutal man like Stalin. To a certain extent, Orlando prolongs the myth that the Americans came in to defeat Nazism. But, most historians would agree that the real factor in Hitler’s demise was the Eastern front, and indeed, no other country suffered as many deaths as the Soviet Union. Without Stalin, the war would have never been won.
Orlando is a fine filmmaker, and his approach is serious and analytical enough. But, I am afraid that his film may be used as neoconservative propaganda by some. The film itself does not explicitly advocate war. But, it does feature prominently Victor Davis Hanson, admittedly a Stanford scholar, but who nevertheless has become a cheerleader for every American military intervention of the last three decades (infamously including the Second Iraq War, and now advocates preemptive strikes against Iran), and someone I would describe as a warmonger. It is not difficult for a neocon to use Orlando’s film to say that half-assed jobs, like Vietnam or Berlin, are a disgrace, and that America should take Patton’s lead and wipe all dictators off the face of the Earth, no matter the cost.
The last few minutes of the film are particularly disturbing. Hanson and others argue that America needs people like Patton, because as the old Latin phrase goes, “si pax vis, para bellum”, if you want peace, prepare for war. After George W Bush’s era, is this what America (and the world) really needs? To prepare for war, you need to raise taxes, restrict civil liberties, and even conscript (as was actually the case in World War II). Is it worth it?

Ultimately, Orlando’s film favors the argument that Communism in countries like Cuba might have been stopped had Patton been listened to. Hanson and others speak of Communism in Cold War language, as a disease. Sure, it was a disease. But, it is extremely naïve to believe that this disease was wholly inoculated from Moscow. At least in the Latin American case, countries such as Cuba, Chile and Nicaragua turned to Communism, because of the internal class struggles, and above all, American support of right-wing dictators. The way to avoid a revolution and the spread of Communism in the Third World was not merely to occupy Berlin, but rather, to assure a greater degree of social justice.
This is not to say that Silence Patton does not make some interesting points, and that Patton did not stand for some noble causes. For example, after Germany’s defeat, denazification punished anybody who ever gave the funny Hitler salute; Patton made the obvious point that most Germans had no choice. In terms of cinematographic techniques, the film is very nice. The flow of narrative is great, and the use of drawings to depict historical scenes is right on target (although, in my opinion, not sufficiently innovative, as this was the same style as in Orlando’s previous film, A Polite Bribe).
Yet, despite all of this, I keep the sour taste in my mouth. Early in the film, one of the interviewees says that a lot of people wanted Patton dead, because the US government was infiltrated by Communists. To me, this sounds a lot like McCarthyist paranoia. Fortunately, the film never makes that descend into hell. But, I insist, I can easily picture neocons citing Silence Patton in order to make a case to attack Iran, or whatever other American nemesis. Nevertheless, it is a fine film, and I recommend it. It’s good food for thought. Thumbs up.

jueves, 13 de octubre de 2016

Donald Trump y Palomino Vergara

            Donald Trump es un personaje despreciable, y un liberal como yo, jamás podría simpatizar con sus posturas políticas. Pero, eso no me impide señalar lo lamentable que está resultando la feroz campaña que los medios norteamericanos están organizando en su contra. Hace más de diez años, mientras iba en un bus, Trump comentaba con un interlocutor cómo él acosa a las mujeres, besándolas y tocando sus genitales. Esa conversación quedó grabada, y ahora sale a relucir. Ha generado un enorme escándalo, al punto de que ahora, muchos piden su cabeza.
            Trump se ha disculpado, pero también se defiende diciendo que eso es una conversación de baños, es decir, entre hombres que, al no estar ninguna mujer presente, hablan sin inhibición sobre sus proezas sexuales. Yo le doy la razón. Muchos acusan a Trump diciendo que esto no es solamente hablar sobre sexo entre hombres, esto es ufanarse de acoso sexual; Trump se defiende que él dijo cosas terribles, pero nunca hizo nada realmente inapropiado. Yo no veo motivos para no creerle.

            Los latinoamericanos (que, irónicamente, Trump tanto odia) conocemos muy bien esto. En Venezuela, había un clásico programa, Radio Rochela, transmitido en Radio Caracas Televisión (la televisora que el izquierdista Chávez obligó a cerrar). En ese programa, el gran comediante Emilio Lovera interpretaba al personaje Palomino Vergara. “Paloma” y “verga”, en el slang venezolano, hacen referencia al pene. Este Palomino Vergara era un mero macho que bebía con amigos en un bar, y se ufanaba de los golpes que daba a su mujer, así como el brutal abuso al que la sometía. Pero, al final, siempre aparecía su mujer, tremendamente aguerrida, y regañaba y humillaba a Palomino frente a sus amigos. Al ver a su mujer, Palomino temblaba de miedo, se convertía en un perfecto dominado, y se iba cabizbajo a su casa escoltada por su esposa.
            Yo no sé si Donald Trump es como Palomino Vergara. Pero, lo que sí me parecería perfectamente razonable es admitir que en América Latina (pero supongo que también en la cultura norteamericana), mucha gente se ufana de cometer actos sexuales que, en realidad, no han hecho. Cuando se trata de violencia y sexo, el mundo está lleno de bocazas.
Si fuésemos lo suficientemente sensatos, consideraríamos ese hecho básico, y no daríamos demasiada importancia a las estupideces que dijo Trump. Lamentablemente, la política en EE.UU. es muy distinta. El votante gringo no se siente ofendido de que un presidente ordene usar drones para matar a supuestos terroristas que en realidad son niños, en un país lejano; pero sí se ofende sobremanera al escuchar unas ufanadas pueriles. En EE.UU., hay una dictadura de lo políticamente correcto. En las últimas décadas, el concepto del honor está tan arraigado en el juego político, que los distintos lobbies cultivan patológicamente la hipersensibilidad.
En este aspecto, me siento muy orgulloso de ser latinoamericano. En nuestros países, muchos políticos han dicho cosas ofensivas. Pero, la mayoría de nosotros comprendemos que, mucha gente dice tonterías en algún momento, y hay que pasar la página. Chávez muchas veces ha sido comparado con Donald Trump, precisamente por los exabruptos que a veces salían de su boca. En una ocasión, dijo públicamente que, esa noche, “daría a su mujer lo suyo” (una forma muy vulgar y ofensiva para referirse al sexo). Algún medio trató de formar un escándalo, pero la opinión pública no hizo más que reírse, y el asunto se olvidó.
En fin, lo cierto es que tenemos pruebas de que Trump dijo cosas desagradables, pero no tenemos pruebas de que hizo las cosas que describió, y hasta que no aparezca una prueba de ello, hemos de presumir la inocencia de Trump. Ser un bocazas no es un delito.
Bill Clinton, en cambio, no es ningún bocazas. Este hombre sí acosó de verdad a varias mujeres, y trató de esconderlo hasta el final. La hipocresía de los demócratas en EE.UU. no podría ser más grande. En 1999, decían que las indiscreciones sexuales de un político no son de interés público, y defendieron a Clinton a capa y espada. Ahora, en 2016, quieren cambiar las reglas: puesto que se trata de Trump, el tener indiscreciones sexuales sí es motivo para que un político renuncie.

Muchos comentaristas se resienten de la comparación con Clinton, pues señalan que eso fue hace mucho tiempo, y que su esposa, Hillary no tiene nada que ver. Según ellos, es muy machista culpar a una mujer por las fallas de su marido. Esos comentaristas tendrían razón, si no fuera por el hecho de que Hillary, ambiciosa de poder desde sus días como primera dama, alcahueteó las infidelidades de su marido, e hizo todo lo posible por amedrentar y silenciar a varias de las mujeres que acusaron a Clinton de acoso sexual (Kathy Shelton, Paula Jones, Katheleen Willey, y otras más).

domingo, 2 de octubre de 2016

¿Deben rescatarse las lenguas en peligro de extinción? A propósito de Jared Diamond

          En varias ocasiones me he opuesto a quienes postulan argumentos defendiendo la preservación de las lenguas en peligro de extinción. Jared Diamond (un autor con quien simpatizo en muchas cosas) ofrece algunos argumentos adicionales en el capítulo 10 de su libro, El mundo hasta ayer. Trataré de refutarlos.
            Diamond empieza por destacar las ventajas psicológicas y cognitivas del multilingüismo. No disputo este punto. Yo mismo hablo a mis hijas en inglés, y espero que terminen hablando varias lenguas. Pero, lo que sí disputo, es cuáles lenguas deberían enseñarse a los niños. Es genial que los niños hablen varias lenguas, pero sería aún más genial si hablasen lenguas que les resultasen útiles y les permitiesen desarrollar conocimientos técnicos y entrar en el mercado laboral competitivo. No estaría mal que un niño hispanoparlante aprendiera como lengua adicional el griego koiné, pero sería mucho mejor que aprendiera el inglés.

            Luego Diamond postula que, cuando se pierde una lengua, se pierde un gran patrimonio cultural. Tiene razón. Pero, ¿a qué costo estamos dispuestos a rescatar patrimonios culturales? Cuando el automóvil reemplazó al coche de caballos, también se perdió un patrimonio cultural. ¿Y? ¿Debemos lamentarnos por la pérdida del coche de caballos? Diamond no cae en cuenta que el lenguaje es una tecnología de comunicación. Y, en tanto tecnología, unos artefactos dan paso a otros artefactos. Es sencillamente el devenir y el progreso de la historia.
            Además, en su empeño por valorar a las lenguas como patrimonio cultural, Diamond señala que, cuando se pierde una lengua, se pierde una manera de entender el mundo. Para ello, apela a la conocida hipótesis de Sapir y Whorf (la cual postula que, efectivamente, el lenguaje condiciona el modo en que pensamos). Pero, la abrumadora mayoría de los lingüistas sólo concede un alcance muy limitado a esta hipótesis, y más bien postulan que, básicamente, todas las lenguas son traducibles entre sí, sin que se pierda gran cosa.
            Diamond continúa sus argumentos postulando que, cuando una minoría étnica deja de hablar su lengua ancestral, sufre graves problemas socio-económicos. Supuestamente, el no hablar la lengua de sus ancestros los despoja de auto-estima, y se estancan. Yo quisiera ver datos concretos que demuestren que esto es realmente así. El sentido común más bien me dictaría lo contrario. Si una minoría étnica, en vez de aprender una lengua ancestral que ya casi nadie quiere hablar, optase más bien por aprender lenguas que produzcan muchos libros y otras fuentes de conocimiento, entonces ese grupo en cuestión tendrá muchas mejores oportunidades de acceder a los avances de la modernidad, se integrará mejor en el mercado laboral, y podrá mejorar su condición socio-económica.
            Quizás el argumento más deficiente que defiende Diamond, es aquel que apela al nacionalismo. Diamond dice que, en momentos de crisis, el tener una lengua particular sirve para ofrecer resistencia a invasiones extranjeras. Dice Diamond que, si los ingleses hubiesen hablado alemán, Churchill no los hubiese logrado convencer de hacer frente a la amenaza nazi. La identidad lingüística inglesa impulsó la resistencia nacionalista.
            Pero, a mí me parece que apelar al nacionalismo siempre es peligroso. El nacionalismo puede servir para resistir al invasor foráneo, pero también puede servir para promover la invasión del país foráneo. Si Alemania y Francia hablaran la misma lengua, quizás no hubiesen tenido tantas guerras entre sí. De hecho, el esperanto surgió precisamente con la idea de que, a través de una lengua universal que todos compartiéramos, se podría lograr la paz mundial. La Biblia enseña muchas tonterías, pero la lección de Babel es oportuna: al confundirse las lenguas, entramos en conflicto.
            Para rescatar las lenguas en peligros de extinción, Diamond propone que los lingüistas les dediquen atención y las estudien. No me opongo. Pero, a lo que sí me opongo es que esos lingüistas, en su empeño de satisfacer su curiosidad intelectual, impongan a los nativos hablar lenguas que ya ni ellos mismos quieren hablar, porque no le ven mucha utilidad, y más bien preferirían aprender lenguas que les permitan acceder a conocimientos más amplios y colocarse mejor en el mercado laboral.
            Diamond propone también que los gobiernos inviertan dinero en el rescate de las lenguas. A esto sí me opongo rotundamente. Habiendo tantos problemas que resolver, y tantas cosas para las cuales se necesitan fondos del Estado, ¿es prudente invertir fondos en rescatar una lengua que no es capaz de sobrevivir por cuenta propia, y que por ende, nadie realmente quiere hablarla? No. Las lenguas, vale insistir, son artefactos tecnológicos de comunicación. Y, como cualquier otro artefacto tecnológico, si no se ajusta a la demanda del mercado, sencillamente debe desaparecer. El Betamax fue muy popular en una época, hasta que llegó el VHS. ¿Debía el Estado seguir financiando el Betamax, a fin de proteger su uso y evitar que desapareciera? ¡No! Si la gente prefirió el VHS, fue sencillamente porque le vio más ventajas, y el Estado no debe intervenir y distorsionar esa elección. Del mismo modo, un pueblo indígena puede haber usado su lengua por mucho tiempo, hasta que vio más utilidad en utilizar otra lengua. No veo por qué el Estado no debe proteger al Betamax, pero sí a la lengua indígena.

            Diamond felicita a los quebecoises por su protección de la lengua francesa. Esto es muy preocupante. Los quebecoises han empleado prácticas bastante autoritarias para defender el francés a toda costa. No permiten que un mesonero se dirija directamente en inglés a un cliente, multan a los negocios que colocan avisos en inglés, obligan a las estaciones de radio a colocar canciones en francés, etc. En otras palabras: no dejan que la gente hable la lengua que quiere hablar, y escuche la música que quieren escuchar. Una persona simpatizante del liberalismo, como yo, no puede simpatizar con esos abusos estatales.

            Los liberales nos guiamos por un principio muy sencillo: no impongamos las cosas. Si una minoría étnica quiere hablar su lengua ancestral, permitámoslo. Franco fue una bestia por pretender erradicar el euskera y el catalán a sangre y fuego. Pero también, si una minoría étnica ya no quiere hablar su lengua ancestral, permitámoslo también. En ese aspecto, los gobiernos quebecoises han sido casi tan bestiales como el de Franco. En asuntos lingüísticos, lo más razonable es laissez faire: dejemos que cada quien hable la lengua que mejor le plazca, y que el Estado no intervenga en ello. El Estado no debe reprimir ninguna lengua, pero tampoco debe protegerlas.

El dilema de Colombia: ¿es la justicia más importante que la paz?


Advertencia 1: Ésta es una versión corregida de una traducción de Google Translate, de un original que escribí en inglés.
Advertencia 2: Ingenuamente creí que el Sí ganaría en Colombia, y me anticipé a ofrecer mi opinión asumiendo que mi pronóstico era el correcto.

Hasta ahora, la mayoría de los historiadores coinciden en que no había necesidad militar de lanzar la bomba sobre Hiroshima. Japón, al parecer, estaba a punto de rendirse. Truman dio la luz verde, presumiblemente porque anticipó una nueva confrontación con los soviéticos. Y, en este nuevo enfrentamiento, quería mostrar a Stalin lo que Estados Unidos era capaz de hacer.
Pero, supongamos que Japón estaba dispuesto a luchar hasta el final, y que Truman nunca tuvo Stalin en cuenta, cuando decidió a lanzar la bomba. Según la narrativa tradicional, esa decisión salvó a cientos de miles de vidas. Si la bomba no se hubiese lanzado, se dice, Japón no se hubiera rendido, y la guerra hubiera continuado durante un período mucho más largo, con el resultado de una mayor carga de muerte y destrucción.

Suponiendo que esta narrativa es correcta, ¿tenía justificación moral lanzar la bomba? La mayoría de los especialistas en ética no lo creen así. Incluso si la bomba pudo haber salvado más vidas, todavía es moralmente objetable. Bajo las directrices de la doctrina de la guerra justa, los civiles no pueden ser atacados deliberadamente. Hiroshima fue un centro civil, con poca o ninguna importancia militar.
Sin embargo, incluso el más destacado teórico de la guerra justa de nuestro tiempo, Michal Walzer, está dispuesto a admitir que, en condiciones de "emergencia suprema", los principios de la doctrina de la guerra justa pueden ser suspendidos. Si, con el fin de ganar una guerra contra una amenaza monstruosa, se deben violar algunas reglas de combate, entonces que así sea. Walzer no lo toma a la ligera, y él es muy estricto cuando se trata de la definición de "emergencia suprema" (en su opinión, sólo el nazismo califica como un ejemplo histórico).
La doctrina de la guerra justa sigue básicamente un enfoque deontológico de la ética. Hay dos principios, ius ad bellum y el ius in bello, que deben mantenerse. Según muchos teóricos, estos principios de justicia se deben mantener en todo momento. Los antiguos proclamaron célebremente "fiat iustitia ruat caelum", haz justicia aunque se desplomen los cielos. Sin embargo, Walzer no está dispuesto a hacer justicia aunque se desplomen los cielos. Admite que, bajo ciertas circunstancias, los políticos y generales pueden ensuciarse las manos, si eso sirve a un propósito más elevado.
Esto es de hecho una recapitulación de un debate muy antiguo en la ética: el utilitarismo frente a la deontología. ¿Es ético tratar de buscar la justicia a toda costa? O por el contrario, ¿se puede suspender la justicia si se sirve a un propósito más útil? ¿Podemos aceptar la injusticia si esto salva más vidas? ¿Es más importante la paz que la justicia?
Estas preguntas (que han rodeado el debate ético sobre Hiroshima durante muchos años), una vez más han pasado a primer plano. El pasado domingo 2 de octubre, los colombianos fueron a las urnas y aprobaron un acuerdo de paz que se alcanzó entre el gobierno de Juan Manuel Santos, y los rebeldes marxista-leninistas de las FARC. La aprobación del texto puso fin a un conflicto que ha durado más de cinco décadas, y ha dejado más de 200.000 víctimas.
La ocasión ha sido muy festiva. Sin embargo, el acuerdo no está exento de críticas. Existe la preocupación de que el acuerdo exime a los terroristas con demasiada facilidad. En realidad, el tratado, de conformidad con el derecho internacional que regula los conflictos militares, ofrece amnistía a los combatientes legales. Sin embargo, el derecho internacional también ordena el enjuiciamiento de aquellos combatientes que participan en crímenes de guerra. Y, a lo largo de los años, las FARC notoriamente han participado en ataques terroristas (es decir, ataques deliberados contra civiles), reclutamiento militar de niños, extorsión, secuestro, violación y tráfico de drogas.
El tratado de paz estipula que los guerrilleros que participaron en estos delitos serán procesados ​​y castigados. Sin embargo, los críticos han señalado que las penas previstas son demasiado ligeras (no superior a diez años, y la mayoría ni siquiera implican la pena de prisión, sino más bien, servicio comunitario). Peor aún, los altos mandos, que muy probablemente tuvieron que ser conscientes de lo que estaba pasando (y en muchos casos, pudieron haber ordenado las atrocidades), tienen básicamente garantizada la amnistía, e incluso se les ha concedido escaños en el Senado, sin tener que ser elegidos por el pueblo.
¿Es esto injusto? Por supuesto que sí. Muchos críticos en consecuencia lo han llamado "la impunidad rampante". Pero, de nuevo, aquí viene la pregunta crucial: ¿la justicia es más importante que la paz? Muchos teóricos proponen que, a menos que se haga justicia, nunca habrá paz; puede haber la ilusión temporal que se habrán depuesto las armas, pero con el tiempo, la injusticia original, traerá de vuelta la violencia. Las palabras de Churchill pueden parecer muy proféticas: "Se les dio la posibilidad de elegir entre la guerra y el deshonor. Escogieron el deshonor. Tendrán la guerra".

Sin embargo, realmente no hay una respuesta única y simple. Es mucho más adecuado evaluar caso por caso. Y, en el caso de Colombia, parece que cinco décadas de enorme sufrimiento hacen que se favorezca el enfoque utilitario: la justicia no debe hacerse incluso si el cielo se cae. Los cielos han caído sobre los colombianos durante demasiado tiempo, y ya están cansados. Sí, mucha gente se sentirá indignada por las injusticias. Pero, por fin, la paz llegará, y se salvarán más vidas. Los colombianos han hecho su elección, y debemos respetarla.