viernes, 19 de enero de 2018

Dos motivos de la obsesión antitaurina

     La tauromaquia tiene varios defensores intelectuales: Vargas Llosa, Savater, Francis Wolff, Salvador Boix, entre otros. A diferencia de los intelectuales taurinos del pasado como Hemingway u Ortega y Gasset, esta nueva estirpe es más argumentativa, y busca emplear las herramientas de la ética para defender la tauromaquia.
     Lamentablemente, en estas defensas intelectuales de la tauromaquia, se cometen todo tipo de falacias argumentativas. Pero, quizás la más común es la tu quoque. Estos taurinos defienden la crueldad a los toros diciendo que, fuera de la tauromaquia, el ganado sufre aún más. Basta pensar en las terribles condiciones en las que viven cerdos, pollos y vacas en granjas industriales, y la forma en que se termina con su triste existencia en el matadero.

      Nadie menos que Peter Singer, el máximo gurú de los animalistas, da razón a los taurinos, en un pasaje que no se cansan de citar: “Protestar la tauromaquia en España… mientras comemos huevos de gallinas que han pasado todas sus vidas encerradas en unas jaulas, o comer terneras que han sido arrebatadas de sus madres… es como denunciar el apartheid en Sudáfrica y a la vez pedir a los vecinos que no vendan su casa a los negros”.
       Por supuesto, Singer no se propone defender la tauromaquia. Pero, los taurinos sí usan su cita con ese propósito. Y, es así cómo cometen la falacia tu quoque. Esta falacia consiste en decir que, puesto que otra persona hace algo mal, entonces no hay justificación para el reproche. Y es falaz, porque el mero hecho de que existan cosas peores que la tauromaquia, no implica que la tauromaquia sea buena. Las palabras de Singer sirven para criticar a la industria alimenticia, no para defender la tauromaquia.
       Con todo, los taurinos tienen razón en que los movimientos antitaurinos apestan a hipocresía. Es cierto que, antes de entrar al ruedo, el toro de lidia tiene una vida muy plácida. ¿Por qué, entonces, los antitaurinos se obsesionan con la tauromaquia, en vez de dirigir más su atención a los mataderos y las granjas que tratan igual o peor a los animales?
       Pienso que hay dos motivos. El primero, es el motivo nacionalista. Cataluña prohibió las corridas de toros, pero no prohibió los correbous y el toro embolado, festividades que también maltratan al animal. Canarias prohíbe la tauromaquia, pero protege las peleas de gallos, igual que muchos países latinoamericanos. No es difícil apreciar que la motivación de estas legislaciones no es el amor a los animales, sino el rechazo a España.
        La obsesión antitaurina recoge una larga tradición de leyenda negra en torno a España. La Ilustración española (con gente insigne como Jovellanos) se opuso a los festejos taurinos, pero los absolutistas los defendieron. Los mismos que gritaban “¡vivan las cadenas!” al regreso de Fernando VII (un rey que cerró universidades pero abrió escuelas taurinas), vendían sus camisas con tal de ir a los toros. La tauromaquia formaba parte del mismo conjunto de la Inquisición, los conquistadores, el fanatismo religioso, la expulsión de los judíos, el atraso…
        Los antitaurinos, en cambio, son todos progres del mundo avanzado, fuertemente influidos por la cultura anglosajona. Eso les ha permitido hacerse muy fácilmente una imagen de la tauromaquia como una institución bárbara, propia de la España negra, la cual tiene que desaparecer. Pero, el maltrato animal del mundo industrializado pasa desapercibido, pues no está asociado a la barbarie de la España cañí. Los antitaurnos se obsesionan con la tauromaquia, no propiamente por la crueldad (pues el maltrato animal existe en todas partes), sino porque evoca lo rancio de Torquesada, Hernán Cortés, Fernando VII, Franco, el PP… Los maltratos animales de otros países pasan desapercibidos, porque no forman parte de una leyenda negra.
        El otro motivo de la obsesión antitaurina tiene que ver con la propia vistosidad de la tauromaquia. Algo de verdad tiene aquella frase atribuida a Orson Welles, según la cual, las corridas de toros son “indefendibles pero irresistibles”. No hay justificación moral posible para dar semejantes palizas al pobre animal, pero sería una insensatez negar la majestuosidad que surge cuando un torero con los pies clavados sobre la tierra, da una verónica a un enorme bicho que con sus pitones roza el traje. El pasodoble, el traje de luces, el atardecer, la valentía, la coordinación de las cuadrillas, el empuje del toro ante el caballo del picador… guste o no, todo eso genera fuertes emociones estéticas que gente tan variopinta como Goya, Bizet, Picasso, Botero o Cantinflas, supieron expresar en sus obras artísticas.
         Ese fuerte componente estético hace que la tauromaquia resalte mucho más. En cambio, la ganadería industrial, con sus celdas y mataderos en serie, no son más que frías máquinas de matar; no tienen absolutamente ningún sentido estético. Las peñas taurinas celebran por todo lo alto el triunfo del torero. Los mataderos industriales, en cambio, tratan de esconder lo más que pueden el empacamiento de su mercancía.
         Como resultado, un joven urbanizado quiere abrazar una noble causa progresista, y prende la tele. Ve alguna noticia sobre mataderos, y quizás puede ver las míseras condiciones de las vacas y la forma en que van a su muerte, pero no siente mucha emoción al respecto. Cambia de canal, y ve a un torero entrar a matar en volapié, y los tendidos de la plaza estallar en júbilo. Frente a esto, siente una fuerte emoción que lo perturba, y que no sintió al ver la noticia sobre el matadero. Así, se propone acabar con la práctica que generó en él esa emoción tan fuerte, a pesar de que esa práctica no causa más maltrato animal que la práctica que dejó sus emociones intactas.

lunes, 11 de diciembre de 2017

El nacionalismo hindú frente a la ciencia



            Hace unos años visité la India, y quedé impresionado con el potencial de ese país. Como bien dicen muchos analistas, la India es un gigante que empieza a despertar. Sus avances tecnológicos poco a poco atrapan a Occidente. Pero por supuesto, es seguramente el país con más contrastes en el mundo. En Delhi, es habitual encontrarse con un grupo de jóvenes ingenieros discutiendo detalles de ingeniería, y justo al lado, cientos de indigentes zaparrastrosos pidiendo dinero.
            En los últimos meses, en algún lugar del Caribe he compartido experiencias académicas con un grupo de indios que trabajan en el sector de la medicina. Mi encuentro con estas personas confirma muchas de las impresiones iniciales que tuve cuando fui a la India: los indios, con sus enormes talentos para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, se están haciendo respetar en Occidente. Ellos parecen ser un vivo testimonio de las maravillas que puede lograr la modernización.

            Pero al mismo tiempo, he venido a comprender que la modernización de la India es más superficial de lo que parece. La modernización implica cosmopolitanismo, apertura a conocer el resto del mundo. No es el caso de los indios con los cuales interactúo. A pesar de que muchos vienen de grandes ciudades (Bombay, Nueva Delhi, etc.), siguen siendo personas muy provinciales. Viven en el Caribe, pero no tienen ningún interés en conocer algo de una cultura que no sea la de ellos. A lo sumo, pueden tener algún interés en la vida norteamericana, pues son grandes consumidores del mito del sueño americano. Pero, su sueño es más bien trasladar la cultura india a Nueva York, no asimilarse propiamente.
            Y, cuando se trata de la ciencia y la tecnología, los indios tienen ideas muy extrañas. Ciertamente, en detalles técnicos de ciencia y tecnología, han asimilado muy bien la modernidad. Pero, en las últimas dos décadas, ha habido en la India un despertar de nacionalismo e integrismo hindú, encarnado en el partido político BJP (Bharatiya Janata Party), que ha promovido una peculiar resistencia a Occidente.
Este nacionalismo hindú ha comprendido que el futuro de la India depende de una apertura a la tecnología occidental. Los nacionalistas hindúes pueden tener a Gandhi como referente, pero ellos comprenden muy bien que su poderío estará en diseñar teléfonos y otras maravillas tecnológicas, no en tejer con hilanderas. Pero al mismo tiempo, los nacionalistas hindúes se niegan a aceptar que la ciencia y la tecnología que ellos abrazan, es en buena medida oriunda de Occidente. Y así, para defender su entusiasmo por la tecnología, pero a la vez mantener en alto el orgullo nacionalista, han inventado el mito de que las grandes tecnologías del presente, ya fueron inventadas por la civilización hindú hace miles de años. Para ellos, India, y sólo India, es la civilización madre de la ciencia.
En una ocasión, una de las médicos indias con las cuales he compartido experiencias académicas, me decía que ya se habla de la inseminación artificial en el Mahabharat (uno de los libros sagrados del hinduismo). Me decía también que hace miles de años, en la India ya había televisión, aviones, e incluso armas nucleares. Todo eso ya aparece referenciado en los Vedas y otras escrituras sagradas. Yo trataba de contener la risa al escuchar estas excentricidades, pero pronto me di cuenta de que todos los colegas indios creen estas cosas.
De hecho, el propio primer ministro de la India, Narendra Modi, se ha encargado de promover públicamente semejantes desfachateces. Modi ha dicho, por ejemplo, que los antiguos indios inventaron la cirugía plástica, pues, ¿cómo explicar que el dios Ganesh tenía cuerpo de hombre y cabeza de elefante?
Esta tendencia preocupa mucho a los propios intelectuales indios que son críticos con las irracionalidades del nacionalismo hindú. Por ejemplo, Meera Nanda, ha escrito Science in Saffron (La ciencia en azafrán), un libro que denuncia el constante intento de los fanáticos por proyectar en la antigua literatura hindú, las tecnologías del presente. Leyendo su libro, recordé un curioso cómic que me encontré en Delhi, donde se representaba a Krishna usando armas de rayos láser. En aquella ocasión, pensé que era sencillamente una representación artística, pero ahora, comprendo que buena parte de los hindúes cree literalmente que sus dioses usaban tecnologías modernísimas.
En su libro, Nanda pacientemente desmonta cada uno de esos absurdos alegatos, y recuerda a los indios que la revolución científica empezó en la Europa del siglo XVII. Incluso el cero, que muchas veces se asume como una invención de la India, tiene otros orígenes. Un aspecto muy puntual que Nanda enfatiza, es que la ciencia tardó en aparecer en la India, debido a la prevalencia del sistema de castas. Una característica de la revolución científica de Occidente fue que los científicos prestaron menos atención al filosofar, y se dedicaron más a hacer experimentos con sus propias manos. Los filósofos hindúes, en cambio, conservaban el prejuicio religioso de que las actividades manuales son contaminantes, y por temor a no perder su casta, no se molestaron en hacer experimentos.
Cuando estuve en India, no alcancé a ver manifestaciones vivas del sistema de castas. Y ahora que interactúo con colegas indios, tampoco las veo explícitamente. Pero, sí alcanzo a ver que, sutilmente, el sistema sigue siendo un eje para la vida diaria de muchos indios. Por ejemplo, unos colegas me dicen que sus parientes están organizando su matrimonio, y para ello, están a la espera de que sus familiares les seleccionen una esposa, en función de dos criterios: la astrología y la pertenencia a la casta. Otra colega, (la más entusiasta respecto a las supuestas maravillas tecnológicas de la antigua India), se declara firmemente simpatizante del BJP, y a la vez siente mucho orgullo en ser de la casta de los brahmanes, pero al mismo tiempo, niega que su afiliación política tenga algo que ver con su pertenencia de casta. Por supuesto, no le creo: es como si un simpatizante furibundo de Trump negara que sus simpatías políticas tienen que ver con su color de piel…
Lo más triste de todo, tal como lo analiza Nanda, es que esta extraña forma de nacionalismo hindú se ampara en nociones posmodernas que, como cabría esperar, vienen de modas intelectuales occidentales. Cuando a los nacionalistas hindúes se les confronta, y se les dice que la astrología o la medicina ayurvédica no cumplen los requisitos de la actividad científica, inmediatamente se amparan en filósofos como Kuhn y Feyerabend para decir que la ciencia no es objetiva, y que cada cultura tiene su propio estándar de ciencia. Así pues, los nacionalistas hindúes no son relativistas (sobre todo cuando se vuelven muy agresivos en contra del legado islámico en la India), pero cuando se ven acorralados, optan por decir que cada cultura es relativa, y que debe ser entendida a partir de sus propios criterios.
Igualmente, en nombre de la lucha en contra del colonialismo, los nacionalistas hindúes continuamente saltan a decir que es necesario descolonizar la ciencia, y eso implica aceptar como igualmente válidas las manifestaciones de cada cultura. Negarse a aceptar la legitimidad de la astrología o la medicina ayurvédica es, según ellos, doblegarse ante el colonialismo. Y así, quien quiera difundir una mentalidad científica en la India (como la propia Meera Nanda), es inmediatamente acusada de ser una traidora a su país, una entreguista a los británicos. Les suelen llamar hijos de Macaulay (Macaulay era un administrador colonial británico en la India).
En esto, los nacionalistas hindúes me recuerdan muchísimo a la izquierda poscolonial latinoamericana (autores tan lamentables como Enrique Dussel, Walter Mignolo o Boaventura de Sousa Santos), que en vez de apreciar a Galileo, Newton o Darwin como grandes héroes, ven en ellos a agentes coloniales cuya forma de pensar destruyó la vida idílica de los precolombinos.


jueves, 7 de diciembre de 2017

Robert Houdin y el poscolonialismo



            El conservadurismo francés siempre ha querido presentar en sus libros de historia, una versión dulcificada de la presencia colonial francesa en Argelia. Lamentablemente, no pueden tapar el sol con un dedo. Basta ver una película como La batalla de Argel, para formarse una idea de las barbaridades que se cometieron en Argelia durante el período de dominio francés. En 1830, el gobernador local otomano agitó su plumero en la cara del embajador francés, y los franceses tomaron aquel minúsculo insulto como excusa para lanzar una masiva invasión que ocupó el país por más de un siglo.
            Las cosas, pues, deben contarse como ocurrieron, por más que los conservadores y nacionalistas franceses se molesten. Pero, al contar las cosas como ocurren, también los críticos del colonialismo se molestan. Pues, a partir de la segunda mitad del siglo XX, han surgido académicos que, obsesionados en su cruzada en contra del legado del colonialismo, se han empeñado en decir que todo lo del colonialismo fue malo, y que hay que resistir a él a toda costa. Eso, lamentablemente, es también una memez. No todo lo del colonialismo fue malo, y es hora de que la izquierda lo admita.

            Consideremos, por ejemplo, el caso de Robert Houdin. Houdin era un ilusionista francés que hizo fama en su nativa Francia con sus asombrosos espectáculos. En el siglo XX, el gran Houdini tomó su nombre en homenaje a este mago francés. Tras una fructífera carrera, Houdin se retiró de la vida pública, pero en 1856, el gobierno francés le pidió que fuera a Argelia en una misión especial.
            Por aquella época, los franceses no habían dominado por completo a Argelia, y aún había peligros de revueltas. El sentimiento popular anticolonialista orbitaba en torno a los morabitos, una especie de místicos islámicos populares que, como los faquires de la India, asombraban a la gente con sus prodigios. El gobierno francés pidió a Houdin que investigara estos prodigios, e hiciera cosas similares ante las audiencias árabes, para convencerlos de que la magia francesa era más poderosa.
            Houdin, en efecto, observó algunos de los trucos de los morabitos, y los hizo ante algunas audiencias de árabes. Pero, también hizo espectáculos con sus propios trucos que eran aún más asombrosos que los de los marabutos. Quizás el más famoso fue el truco de la bala: alguien le dispararía con una bala marcada, y él sacaría esa bala de su boca. Los árabes quedaban asombrados, y ante tales prodigios, decidían renunciar a seguir a los morabitos, y rendían lealtad a las autoridades francesas.
            Houdin pudo haber hecho lo mismo que los morabitos, y pudo haber convencido a los árabes de que los franceses tenían poderes sobrenaturales. Pero, no hizo tal cosa. Houdin no reveló sus trucos, pero sencillamente dijo a los árabes que lo que él hacía era mero ilusionismo, y que los morabitos hacían lo mismo. La magia no existe. Así pues, como el gran Houdini del siglo XX, el Houdin original del siglo XIX era un racionalista a ultranza.
            ¿Era Houdin un colonialista? Por supuesto que sí. Su campaña de racionalismo estuvo al servicio del poder imperial. ¿Merece reproche? De ningún modo. Los gurús de la izquierda poscolonial se obsesionan con decir que todo lo del colonialismo es reprochable, pero se equivocan. Houdin hizo una gran labor en favor del progreso. Erradicó muchas supersticiones en el populacho árabe, y sentó las bases del pensamiento científico en un país culturalmente muy atrasado. Duélale a quien le duela, lo cierto es que los poderes imperiales llevaron las bases de la racionalidad, la ciencia y el laicismo, a países que vivían en un mundo supersticioso e irracional. Está bien lamentarse por los crímenes del colonialismo y el saqueo de las riquezas del Tercer Mundo, pero no está mal desenmascarar los trucos y fraudes de morabitos y faquires.
            Insólitamente, varias figuras de la izquierda poscolonial reprochan los intentos racionalistas por educar a las masas supersticiosas. En India, por ejemplo, hay muchos grupos racionalistas que van a las aldeas, realizan trucos de ilusionismo, y luego explican a las audiencias que los faquires no tienen verdaderos poderes mágicos. Autores como Ashis Nandy (un académico muy querido por la izquierda poscolonial) reprochan a estos grupos racionalistas, pues en su opinión, los racionalistas indios son representantes de una mentalidad colonial británica que sabotea la tradición hindú.
            En América Latina, hay también patéticos autores que, como Nandy, se oponen al progreso y el racionalismo, todo en nombre de la lucha contra el colonialismo. Enrique Dussel, Walter Mignolo y Boaventura de Sousa Santos, por ejemplo, se empeñan en proteger supuestos “saberes ancestrales” indígenas que, en el fondo, no son más que trucos muy parecidos a los de los faquires y los morabitos. Como en África y Asia, la historia del colonialismo en América fue brutal. Pero, es una memez oponerse al racionalismo, por el mero hecho de que lo trajeron los europeos. En honor a gente como Houdin, los latinoamericanos deberíamos continuar la cruzada racionalista, y acabar con el misticismo y las supersticiones que, lamentablemente, persisten en nuestros países.

           

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"El joven Karl Marx", tierna pero ingenua



            En la euforia de la caída del Muro de Berlín, se tumbaron muchas estatuas. Entre ellas, estuvieron las de Karl Marx. Según una leyenda urbana, un joven alemán se acercó a una de las estatuas derribadas de Marx, y le adjuntó un letrero diciendo “Yo sólo escribí un libro”.
            Ciertamente, Marx sólo escribió libros. A él jamás se le pasó por la cabeza asesinar a la familia real rusa, inducir una hambruna en Ucrania, o convertir a una guerrilla sudamericana en narcotraficantes. Pero, tal como el conservador Richard Weaver alegaba en el título de uno de sus libros, las ideas tienen consecuencias. Y lamentablemente, las ideas de Marx tuvieron muchas consecuencias negativas. ¿Es él responsable de los abusos del comunismo? No. Y, en este sentido, merece una reivindicación. Pero, al mismo tiempo, debería advertirse sobre la ingenuidad de sus ideas.

            El joven Karl Marx, la reciente película del haitiano Raoul Peck, reivindica a Marx sin criticarlo. Presenta a un joven y carismático Marx que tiene una vida conyugal convencional con su amada Jenny, pero que en realidad, siente mucha más atracción (no sexual) por su gran amigo Engels. Al conocerse, caen rendidos en admiración mientras discuten la jerga incomprensible de Hegel. Desde ese momento, atraviesan dificultades, pero las vencen, para finalmente escribir el Manifiesto del partido comunista.
            El inseparable dúo se enfrenta a capitalistas codiciosos. Hasta cierto punto, la película parece una versión intelectualoide y decimonónica de Batman y Robin enfrentando al Guasón. En una escena memorable, los dos jóvenes confrontan a un ricachón que se vale del trabajo infantil en sus fábricas. El ricachón se defiende diciendo que el trabajo infantil es necesario para una sociedad productiva, basada en la oferta y la demanda. Ciertamente, debemos al marxismo la erradicación de estos abusos. Pero, no es necesario ser marxista para oponerse al trabajo infantil. Aun si los liberales concuerdan en favorecer el flujo de la oferta y la demanda en las relaciones laborales, insisten en que la infancia debe ser protegida porque los niños no tienen suficiente autonomía para decidir por cuenta propia si les conviene o no trabajar.
            En fin, ése no es el único ricachón que aparece en la película. Como se sabe, ¡el propio Engels fue muy burgués!, pues heredó de su padre un muy próspero negocio de textiles. En la película, Engels siente algún remordimiento, y en efecto, se compenetra con los maltratados trabajadores, e incluso, toma a una trabajadora como su compañera sentimental. Pero, no entrega sus riquezas. Escribe sobre la plusvalía en sus libros, pero la sigue extrayendo de los trabajadores de su fábrica. Se lamenta de la explotación del hombre por el hombre, pero no se anima a dar su fábrica en propiedad comunal.
A lo largo de la película, se quiere dar la impresión de que Engels sigue siendo un burgués, como una suerte de trabajo periodístico para entender la mentalidad burguesa. A mí me parece una excusa muy barata, típica de aquello que los psicólogos llaman disonancia cognoscitiva. Si de verdad alguien cree en el comunismo, debe estar dispuesto a asumirlo, y empezar a repartir sus riquezas, pues bajo su sistema de creencias, esas riquezas son injustamente adquiridas. Si no lo hace, es simple y llana hipocresía. Un marxista, Gerald Cohen, se planteó esta cuestión en un libro, Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico? Lamentablemente, Cohen no ofrece una respuesta clara, y más bien, coquetea con las típicas excusas de los comunistas ricos (hay que esperar a que llegue la revolución, es sólo una gota en el mar, etc.).
Marx, por su parte, vivió en la pobreza. Pero, eso no le impidió tener una criada, a quien, presumiblemente, también le extraía su plusvalía. La película trata de excusar el privilegio de Marx, retratando cómo se retrasa en el pago del salario de la criada, precisamente por las condiciones de pobreza en las cuales viven. En fin, lo cierto es que Engels siempre acudió al auxilio financiero de Marx, y así se retrata en la película. Pero, no solamente fue el auxilio financiero. Marx tuvo la práctica muy burguesa de tener hijos ilegítimos con las criadas, y Engels sirvió como alcahueta, asumiendo la paternidad de un hijo ilegítimo de Marx. Nada de eso aparece retratado en esta película santurrona, pues obviamente, sería una mancha demasiado grande.
En la película, las disputas del inseparable dúo no son tanto contra capitalistas, sino contra los propios comunistas. La Europa de mediados del siglo XIX era un avispero de comunistas odiándose entre sí. El joven Marx siente simpatía por Proudhon, el comunista que decía que toda propiedad es robo, pero eventualmente, se vuelve contra él, y se convierte en la figura estrella del momento. En ocasiones, la forma en que Peck retrata estas escenas (que transcurren en varios congresos), me recuerdan a las convenciones de Herba Life o Amway, en las cuales los vendedores luchan por el liderazgo en ventas. En muchos aspectos, me temo, el comunismo no es tan distinto del capitalismo.
De hecho, yo mismo pude comprobarlo en mi visita a la casa natal de Marx, en Trier. Marx aún no se ha convertido en la franquicia de consumo masivo que sí es el Che Guevara. Pero, al menos en Trier, se venden toda suerte de suvenires alusivos a Marx, probablemente manufacturados en una fábrica china (posiblemente con niños trabajadores), propiedad de un emergente capitalista asiático. El propio Marx habría llamado a esos suvenires el fetichismo de la mercancía.

La película, que ciertamente tiene maestría técnica (pues hace de Marx y Engels tipos muy agradables), termina con imágenes de la historia del siglo XX, una forma muy poética de enfatizar la influencia de Marx. Lo triste, no obstante, es que no presenta a Lenin, Stalin, Mao o Fidel, los dictadores que se valieron de las teorías de Marx para hacer mucho daño. Peck quiere borrar la leyenda negra de Marx, pero termina incurriendo en la leyenda rosa.
Para quien quiera ambientarse en las circunstancias del siglo XIX y entender cómo Marx pudo haber escrito las cosas que escribió, esta película está muy bien. Pero, ante una figura como Marx, es necesario aplicar más razón que emoción. Lamentablemente, a pesar de la verborrea que aparece frecuentemente en los diálogos, Peck opta más por tratar de persuadir con la emoción, que con la racionalidad. Y tras evaluar la vida y obra de Marx, no es difícil llegar al veredicto de que fue un hombre de buenos sentimientos, pero de ideas muy ingenuas.